sábado, 9 de julio de 2016

La jugarreta de Daaf. Séptima Parte.

Leril ya había ido ya otras veces al bosque del sur. Lo tenía por un lugar conocido y manejable, y era por esto que se sentía francamente idiota permitiendo que la acompañaran, sobre todo tratándose de los, cuanto menos, curiosos personajes que vivían en la capilla destinada al estudio del bosque. Tanto quien le abrió como el compañero que le presentó después ofrecían un aire francamente descuidado, greñudos, ropajes lacios y holgados, y una sempiterna expresión de ensimismamiento dibujada en sus caras. Hablaban con un acento extraño, evidenciando que su lengua materna no era la misma que la de Leril. Marchaban por delante de ella, caminando  por el frondoso lecho del bosque con total desgarbo, como si aún no hubieran salido de su propio hábitat en la capilla. Y sin embargo, le daban una extraña sensación a la hechicera, como de tener una certeza absoluta sobre adónde se dirigían.
Decididamente incómoda, se dispuso a pasar por encima del silencio de sus guías una vez más desde que hubieron penetrado en la espesura.
-Oíd, sé que queréis ser amables y todo eso, pero os aseguro por decimonovena vez que sé cuidar de mí misma. No es la primera vez que vengo, ¿sabéis? -les comentó resoplando.
-No es amabilidad, -le replicó el individuo que le había abierto la puerta- sino ganas de que no mueras. No es que nos importe -añadió volviéndose para mirarla- pero si dejamos que entre la gente con alegría y salga muerta, o no salga, no nos dejarán seguir estudiando el bosque. Y eso sí nos importa.
Mientras le hablaba, sin dejar de mirarla, movió la mano, como para apartar algo de su camino, y un segundo después Leril recibió un guantazo en la cara.
-Y cuidado con las ramas invisibles -le dijo el compañero en tono de burla.
Leril se estaba cansando de tanta condescendencia. No había dejado de poner los ojos en blanco desde que hubieron entrado.
-No soy tan ignorante como pensáis. Sé que el bosque va cambiando de aspecto de forma aleatoria para despistar a quienes se adentran. Y sé también que tiene varias zonas diferenciables, y que ahora mismo estamos en la Zona de Paso...
El que le había abierto se dio la vuelta de pronto y la cortó en seco.
-Uno, no cambia de forma aleatoria. Existen patrones en el flujo según la zona en la que te encuentres. Dos, hace tiempo que abandonamos la Zona de Paso, estamos caminando por el límite de la Zona de Resuellos, que es el único camino seguro para llegar al corazón del bosque. El frente que se forma aquí entre dos corrientes de energía dispares hace de este lugar en concreto bastante inocuo, por lo que de momento sólo tendrás que preocuparte por las ramas invisibles, pero te recomiendo que permanezcas alerta, no tenemos costumbre de ir avisando cada sitio por el que pasamos, como si fuéramos simples guías turísticos -le espetó de pronto. Su semblante se había tornado serio y autoritario, al igual que el de su compañero.
Leril trató de replicar, pero el compañero la volvió a interrumpir.
-Nos has pedido los árboles de sombra, y te llevamos a los árboles de sombra, pero nada más. Todo lo que te ocurra durante el camino es cosa tuya, nosotros solamente nos aseguramos de que lo tengas fácil para no morir.
-Así que por favor...
-... trata...
-... de no...
-... seguir...
-... distrayendo...
-... nuestra...
-¡¡marcha!!
La última palabra la pronunciaron ambos guías, provocando que Leril diese un respingo. Con el mismo silencio autoritario, se dieron la vuelta a la vez y continuaron el camino.
-¡Vamos! -le ordenó el de la puerta.
Leril reaccionó poco a poco mientras los veía alejarse. Y de repente se sintió desprotegida ante la maleza que la rodeaba. Se apresuró a volver junto a los exploradores, sintiendo una mezcla de aturdimiento y rabia por haberse puesto en ridículo de aquella manera.
La travesía continuó durante las siguientes horas sin más incidentes, con el frufrú de la maleza rozando tobillos y pantorrillas y el susurro del viento en las hojas. Daba la impresión de haber pasado suficiente tiempo como para que hubiera empezado a oscurecer, pero por algún motivo la luz seguía teniendo la intensidad del mediodía. Leril estaba acostumbrada a estas horas anormales, ya que sabía que las fluctuaciones de la energía excesiva que conservaba aquel lugar hacían que la sensación temporal se distorsionara, haciendo que algunas veces pareciese estancarse para luego avanzar a saltos, o incluso retroceder si parecía que el salto había sido muy grande. Por eso no contaba con detenerse para comer o cosas por el estilo, y así cuando tenía hambre se limitaba a sacar alguna vianda que mantenía guardada en su zurrón. En el momento en el que el sol de pronto pareció decidir avanzar por el cielo hacia la izquierda hasta casi ponerse, para después elevarse un poco, se encontraban atravesando una sección especialmente frondosa. De pronto, ambos guías se detuvieron en seco y empezaron a escudriñar a su alrededor, como si trataran de distinguir algo más allá de toda la vegetación que los rodeaba. Y aunque Leril se había propuesto hablar con ellos lo mínimo, no pudo reprimir preguntarles.
-¿Qué ocurre? Ya debemos de encontrarnos cerca, ¿no?
Para su sorpresa, le admitieron la suposición con un movimiento afirmativo de la cabeza.
-En efecto, el corazón del bosque se encuentra cerca -le contestó uno de ellos con voz cautelosa-. Pero por eso ahora mismo debemos tener mucho más cuidado. Vigila muy bien dónde pisas y mantente alerta para cualquier cosa.
Leril, que con Daaf ya estaba prevenida de que los hombres nunca le hablasen claro cuando había peligro, trató de agudizar su percepción al máximo al tiempo que recopilaba todo aquello que sabía del bosque, para adivinar por su cuenta la razón de aquella repentina advertencia. Caminaba con los brazos a media altura y las manos extendidas, arrastrando cada pie y asegurando el irregular terreno antes de dar un paso, y mirando a todos lados, concentrándose como nunca lo había hecho. Podía sentir el peligro flotando en el ambiente, un peligro distinto a cualquier cosa que hubiera visto antes en el bosque, pero no lograba descifrar qué era exactamente. Poco a poco los tres viajeros se fueron juntando. Leril trataba de rozar lo mínimo cada planta y cada árbol al lado de los cuales pasaba. Miró hacia adelante, donde estaba el compañero  que le había hablado, caminando con la misma cautela. Distinguió un reflejo extraño, y de pronto, al comprender qué era, echó todo su cuerpo hacia delante, pinzó sus piernas en un arbusto especialmente grueso y agarró por el brazo al hombre...
Nymeau dirigió su mirada temblorosamente hacia abajo. Se hallaba suspendido en el vacío, únicamente asegurado por la chica que los acompañaba, que estaba tumbada justo al borde del precipicio y lo mantenía agarrado por el hombro, de una manera en la que fácilmente se podría dislocar. Miró hacia su izquierda. Xelà lo miraba con horror mientras una de sus piernas también se balanceaba aún sobre el infinito. El bosque parecía continuar hacia abajo, como un abismo sin fondo en cuya pared hubieran crecido numerosos árboles y arbustos. Leril tiró de él encogiendo las piernas al tiempo que Xelà se tiraba hacia atrás, tratando de alejarse del borde. Una vez los tres se encontraron a salvo en el suelo, miraron hacia adelante. Unos treinta metros más allá, el bosque continuaba de nuevo en horizontal, con un aspecto mucho más salvaje y descuidado que donde estaban, formando en medio una especie de cañón cuyo fondo se perdía en la negrura, así como sus extremos a izquierda y derecha en la lejana niebla.
-Bueno -dijo Leril levantándose-, ahí tenemos el corazón del bosque. Supongo que ahora me diréis cómo cruzar hacia allá, ¿no?
-No -contestó Xelà impasible.
Leril le lanzó una mirada furibunda engarzada en una expresión de profunda indignación. Después de salvarles la vida, no esperaba que fuesen capaces de ser tan desagradecidos, pero se contuvo y recuperó la compostura, decidida a no contestar a aquello.
-Muy bien, pues me las tendré que arreglar, supongo -dijo resuelta, avanzando hacia el borde del acantilado.
-Nosotros no lo sabemos -gruñó Nymeau con dificultad al levantarse-. La frontera con el corazón es cambiante. No es igual cada vez que se intenta cruzar. Te podríamos ayudar a averiguar cómo se cruza, pero no si te pones así...
Leril no quiso admitir más impertinencias. Se dio la vuelta, realizó tres sellos seguidos con las manos y las echó a la tierra, de la que al instante surgieron una miríada de raíces nudosas que se enroscaron en los cuerpos de los dos guías, atrapándolos con fuerza. Todo ocurrió tan rápido que apenas les dio tiempo de sorprenderse por encontrarse atrapados de repente. Leril se empezó a acercar tranquilamente a ellos hasta que estuvo a dos palmos de Nymeau, al cual miró directamente a los ojos mientras le espetaba con voz suave y firme:
-Te acabo de salvar la vida. Si no fuera porque reaccioné de la manera correcta vuestros cadáveres seguirían cayendo y dándose contra los troncos de ese cañón sin parar. Admito que al principio os pude resultar un poco molesta, pero es mi carácter y es el mismo para todo el mundo. Y ahora la línea la habéis pasado vosotros. Y mi línea, como veis, no se puede cruzar tan fácilmente -dijo, mientras apoyaba una mano en las raíces, que como respuesta empezaron a apretar más el cuerpo de Nymeau-. De modo que sería estupendo escuchar una disculpa y después dejar de haceros los capullos. Conozco a un verdadero capullo, y no tenéis ni idea de cómo es. ¿Entonces?
Leril se colocó la mano en la oreja en señal de esperar algún tipo de respuesta, la cual, en principio, estuvo compuesta solamente por forcejeos y respiraciones agitadas. Sin embargo, segundos después Xelà le dijo algo en una lengua extranjera a su compañero, quien sin poder apartar la mirada de Leril, lanzó un penoso "lo siento" con el poco aire que le quedaba en los pulmones. Leril aflojó las raíces de inmediato, y con un sello más las devolvió bajo tierra.
-De acuerdo -dijo con una sonrisa de oreja a oreja-, vamos a sentarnos a pensar -y como si no hubiera ocurrido el menor percance entre ellos y se tratase de una divertida excursión, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y les invitó a acompañarla.
En el rincón más oscuro que pudo encontrar de la taberna más famosa y concurrida de la Grieta, Daaf, cubierto con su habitual túnica con capucha, se limitaba a esperar a su compañera mientras repasaba algunos apuntes que llevaba consigo. Levantó la vista hacia el techo y empezó a relatar en susurros a un inexistente interlocutor.
-Los demonios son criaturas extraplanarias, y por tanto poseen su propio campo de energía, que es distinto al de nuestro plano, y lo usan para emplear su poder. Se trata de criaturas mágicamente independientes, y para permanecer en un campo de energía dispar usan un tipo de magia muy parecido a la de los portales, manteniendo un equilibrio de fuerzas estable entre los distintos tipos de flujo. Una alteración en ese flujo provoca un rechazo inmediato por parte del campo del plano, lo que resulta en la expulsión o exorcización del demonio en sí -bajó la vista y comenzó a elucubrar para sí mismo-. Sin embargo, si se consigue controlar esa alteración y se combina con otro tipo de...
-¡Eh! ¿Vas a pedir algo o te tengo que echar? -gritó el tabernero por encima del gentío.
Daaf resopló de impaciencia.
-Una cerveza.
El tabernero se la sirvió con la sospecha dibujada en el rostro, pero cambió su parecer en cuanto vio las relucientes monedas que dejó caer su cliente sobre la mesa. Éste se dispuso a volver a su repaso cuando la puerta de la taberna se abrió de golpe y se tuvo que interrumpir de nuevo. Miró, cansado de no poder centrarse y se encontró de bruces con  Leril, que le puso delante de las narices un extraño pedrusco redondo.
-Aquí está, pero por favor, empieza a contarme de qué va todo esto porque no he tenido un día fácil y necesito saber en qué me has metido.
Daaf la observó de arriba a abajo. Leril estaba claramente molesta, presentaba rasguños en los brazos y sus ropajes estaban descuidados, sucios y un poco rotos.
-De acuerdo. Pídete algo, bebe conmigo y consigue una habitación para quedarte esta noche. Te lo contaré todo entonces, en privado. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

La jugarreta de Daaf. Sexta parte.

La pradera se antojaba tranquila. El suelo, acolinado, lucía un césped verde natural que parecía estar invitando continuamente a cualquiera a tumbarse sobre él, si no fuera por el cielo lleno de nubarrones y el viento, un tanto molesto, que iba mesando el cabello de todo el paisaje.
Por medio de tal coyuntura iba recorriendo un hombre el camino que partía en dos la vista, con la mirada fija en la localidad donde a lo lejos moría la senda. Se encontraba con sus pensamientos dispersos por su marcha cuando, a varios metros enfrente de él, un fenómeno extrañísimo le detuvo y concentró toda su atención. Un minúsculo punto oscuro que acaso podría haber permanecido ahí siempre sin ser detectado, comenzaba a crecer y crecer sin parar. El aldeano se mantuvo completamente inmóvil mientras observaba aquella incomprensión. El punto, que ya era más una bola que un punto, reveló estar hecho de algún tipo de tejido, mientras su tamaño siguió aumentando hasta que bien pudo albergar a una o dos personas dentro de forma holgada. En ese momento su crecimiento se detuvo bruscamente, tras lo cual cayó al suelo perdiendo toda la forma. El pasmado silencio del único espectador continuaba inquebrantable mientras advertía que, efectivamente, el gurruño de tela oscura revelaba contener a alguien, que al momento empezó a quitárselo de encima.
Tras zafarse totalmente de la manta, la hechicera Leril se incorporó y volvió a observar la luz del día. Se dispuso a recoger su extraña prenda cuando se dio cuenta de que tenía compañía. Le lanzó una mirada irónica al asombrado y le dijo con desdén:
-Qué, ¿nunca ha visto a nadie saliendo de un refugio de Punto Infinito?
El señor simplemente respondió a una llamada que parecía estar haciéndose a si mismo desde hacía rato y salió corriendo sin más hacia la aldea. Leril soltó un bufido de hastío.
-Bah, borregos ignorantes... -masculló.
Una vez todo recogido, Leril oteó el paisaje que se abría ante ella. A lo lejos, todo se tornaba montañoso y de color verde oscuro hasta donde alcanzaba la vista. El bosque misterioso que lindaba al sur con todo límite del reino siempre constituía una visión impresionante o incluso escalofriante, según quien lo mirara. En cierto modo, no parecía algo natural. Parecía como si, en algún momento de la historia, alguien hubiera colocado allí aquella ridícula cantidad de árboles. La expresión de Leril cambió como si hubiera visto a un antiguo pariente después de un largo tiempo, tras lo cual se dio la vuelta y siguió el camino que llevaba a Dusundun, el pueblo más meridional del reino.
Una vez atravesó los portones de la muralla que protegía la localidad, Leril comenzó a mirar a su alrededor, claramente a la búsqueda de algo, o alguien. Sus pasos, cautelosos, resonaban en el empedrado color beige que cubría todo el suelo. En las calles se observaba muy poco movimiento, y las escasas personas que confirmaban que no se trataba de un pueblo fantasma podían verse en su mayoría sentadas en los porches de sus casas, observando con cierta indiferencia a la extraña que en aquel momento turbaba el estático paisaje. Tras recorrer unas cuantas calles Leril dio con la plaza principal del pueblo, en cuyo centro se alzaba el que sin duda era el más antiguo de los edificios que allí se encontraban. La piedra con que estaba hecho presentaba evidentes signos de erosión, y podían identificarse cuantiosos indicios de musgo y liquen tanto en las juntas de los ladrillos como en cada una de sus cinco esquinas.
Leril se dirigió directamente a la puerta de madera milenaria y accionó un par de veces el pesado llamador que la coronaba. Este produjo unos golpes graves y resonantes que parecieron estremecer el edificio entero, desde el tejado hasta la base, e incluso más abajo, hacia las entrañas de la tierra. Después, silencio. Leril permaneció frente a la puerta de pie, sin hacer nada más, fundiendo su quietud con la ligera brisa que la acariciaba.
Tras lo que pudieron ser perfectamente dos o tres minutos, la puerta se abrió de repente, revelando a un hombre bajo y delgado, vestido con prendas de tela ligeras y holgadas, y que aparentaba una edad avanzada. Su pelo era escaso, blanco y largo, y miraba a Leril con los ojos entornados, como si no hubiera visto la luz del día en mucho tiempo. Junto con esta imagen salió de la puerta una oleada de olor a rancio y cerrado. Leril cerró los ojos y arrugó ligeramente la nariz. No le gustaban las capillas.
-Sí... -dijo vagamente el hombre.
-He de entrar en el bosque. Si pudiera echar un vistazo a...
-Pasa -la interrumpió. El personaje volvió a adentrarse en la capilla, dejando la puerta abierta para que le siguiera Leril. Esta hizo de tripas corazón y entró también, cerrando con un sonoro golpe.
Mientras tanto, en el otro extremo del reino, Daaf atravesaba con sigilo y cautela el complejo entramado de calles y túneles de Sinax con su destino claro en su mente. Sabía que aún se le buscaba, y de algún modo podía constituir un suicidio adentrarse en el centro neurálgico de todo el organismo que iba tras él. Aun así procuraba ir con sigilo por los lugares más recónditos de toda la estructura urbana. La luz del sol se filtraba por todos los huecos de la roca tallada, y continuaba hacia dentro reflejada en un sistema especial de espejos, lo cual no evitaba que hubiera por todos lados rincones oscuros que invitaban a la discreción. Precisamente se encontraba Daaf atravesando uno de estos lugares, subiendo por una angosta escalera en un túnel. Ésta desembocó en una calle-balcón que se asomaba a un gran desfiladero interno plagado de calles similares, grandes ventanas, puentes y escaleras sinuosas. Daaf se deslizó en silencio, alejado de la barandilla, y tras haber recorrido unos veinte metros bajó rápidamente los escalones del porche de un pequeño local con un letrero gastado. Se quitó la capucha y empujó la puerta.
-Oh vaya, llegó el rapaz -comentó Skerj tras el mostrador -. Por lo que veo la has liado pero bien esta vez ¿eh? El revuelo se comenta por todo el barrio.
-Ahórrate la cháchara -dijo Daaf simplemente mientras cerraba la puerta-. ¿Tienes algo resistente por ahí?
-Rebusca por ahí, por el rincón -le contestó mientras señalaba a su izquierda, por la parte más amplia del local minúsculo.
El erudito se dedicó a observar con curiosidad a Daaf, que se puso a revolver un montón de trastos mientras continuaba el palique:
-Las patrullas están por todo el Distrito de las Faldas. Hay un grandísimo interés en encontrarte, ¿sabes? Claro que eso te dejará espacio para que una vez dentro... ¡el trozo de  equalum!
Daaf extrajo con brusquedad una pesada plancha irregular de algún metal oscuro, y sin avisar la soltó en el aire al mismo tiempo que profería un alarido de rabia y descargaba un puñetazo envuelto en llamas y chispas contra la pieza, que emitió un sonoro gong. Esta, sin embargo, no se desplazó lo más mínimo. Al contrario, vibró durante un instante y luego todo el juego espectacular de luces se convirtió en un reflejo que desapareció en su superficie de color apagado, antes de que cayera pesadamente al suelo.
-¡¡El maldito traidor!! Primero falta a su palabra y luego trata de liquidarme mandando a un espantajo. ¡Sabía que no era un tipo de fiar! Me ofreció una beca en la catedral de aquí, Skerj, me dio opción de seguir asimilando aun después de haber pasado la preparatoria en los Prados de Senala -propinó otro golpe al fragmento oscuro que permanecía en el suelo, que igualmente absorbió toda la energía producida-. ¡Estaba jugando conmigo! Me quería confiado, relajado, en su sitio para poder eliminarme de un plumazo. Me tiene miedo, lo sé. Pero aaah, a Daaf no se le engaña tan fácilmente. Cuando acabe lo que tengo pensado encontraré a ese tipejo que mandó y luego le hundiré. Va siendo hora de limpiar el reino de lacras como él...
Skerj simplemente lo observaba mientras profería improperio tras improperio, la corta melena agitándose alrededor de su cabeza y sus ojos oscuros chispeando de furia.
-Puedes... -le interrumpió- ¿Podrías... dar otro golpe a la cosa esa? Creo que hay alguien en la Grieta que aún no se ha enterado de tus problemas de mierda.
Daaf cortó su iracundo discurso de inmediato. El sabio Skerj solía callar en cualquier situación, pero por eso mismo sus palabras siempre causaban un gran efecto.
-Oh, vaya... -continuó con sarcasmo- Chavalín, sólo tienes dos pruebas inconsistentes de esa acusación tan grave. Te estás precipitando como una bolita de sucum en un círculo maldito. Y vas a acabar igual de maltrecho.
Daaf se acercó con vehemencia a su anfitrión y colocó sus manos en el mostrador.
-El enviado sabía sellos de ángel, Skerj. El único que conoce esos sellos es el Ilustre Magna. No me los quiso enseñar ni a mí.
-¿Y tú qué sabes? -le contestó simplemente Skerj.
Daaf le clavó una mirada furibunda tras la cual acabó alejándose otra vez del mostrador con desdén. Skerj continuó sus contundentes palabras.
-¿Qué pasa, te crees tan importante como para ser el único a quien el Ilustre Magna quiera enseñar un conocimiento vedado? Vaya, vaya, se te ha ido la cabeza, creo yo.
Daaf daba vueltas como un león enjaulado. Abrió la boca dispuesto a protestar de nuevo cuando Skerj le cortó señalando de forma autoritaria una silla ajada que había junto a la puerta.
-Siéntate -le ordenó.
Daaf tardó en obedecer, ofreciendo un semblante desafiante, pero lentamente se acabó sentando. Entonces Skerj se movió por fin del mostrador, revelando su andar característico, y se acercó a Daaf.
-Estás fallando como un anillo encantado de los que venden en el Distrito del Corazón. Concéntrate. Focus, Daaf.
El joven mago cerró los ojos, obligándose a tranquilizarse, mientras Skerj se paseaba delante de él.
-Piensa. Trata de mirar más allá de esa visión estrecha e inútil que has dado al caso. En la magia siempre puede haber más de lo que parece. Es lo mismo con todo, vaya. ¿Crees que hoy día se puede llegar a Ilustre Magna con ideas absurdas de dominio y conservación del poder? Sabes mucha historia, Daaf, trata de contar cuántos líderes corruptos ha tenido el reino a través de las héxadas. Tu acceso de rabia no tiene sentido.
Daaf comenzó a encajar las palabras del sabio poco a poco.
-Entonces, ¿qué sentido tienen el ataque y su repentina apertura del portal? -preguntó, aún un poco inquieto.
-Es indudable que hay alguien que anda tras de ti, simplemente no debes asumir tan rápidamente la respuesta. Trata de considerar otra opción. ¿Qué sentido tendría el movimiento del Ilustre Magna en el caso de no ser él quien te buscaba desde el principio?
-Desde luego que ahora por ello la guardia se me echa encima por todos lados.
Skerj chascó los dedos.
-Vas bien. Ahora empiezas a pensar. ¿Qué ocurre cuando toda la guardia te busca en todo momento?
-Que en realidad... podría recurrir a ella en cualquier momento...
-Bien... -contestó Skerj invitándole a continuar.
Daaf abrió los ojos y se levantó. Empezaba a entenderlo todo.
-Él sabía que en un principio trataría de frustrar su apertura del portal. Me conoció muy bien mientras me enseñaba. Primero me prometió que no haría expediciones, y luego faltó a su promesa a propósito para así tener una excusa que le permitiera tener a toda la guarda detrás de mí. Pero si convocó la apertura hace tres días eso quiere decir...
-Quiere decir que sabía antes que tú que alguien te quiere muerto -Daaf se quedó mirando a Skerj con estupor-. Te está protegiendo en secreto, chaval. ¿Qué te cuesta a ti escapar de la guardia? Pero si tienes algún problema de verdad sólo te tienes que dejar atrapar... Oh, vaya...
-... y tendré una escolta magnífica... -terminó Daaf.
El erudito sonrió con satisfacción mientras volvía a su lugar en el mostrador. Daaf se apoyó en la pared mientras le seguía dando vueltas. Aquello lo cambiaba todo. De pronto ya no se sentía perseguido, podía volver a concentrarse en su plan. Necesitaba completar el hechizo lo antes posible y volver a su torre sin llamar la atención.
-Por cierto -añadió, volviendo junto a Skerj-. Gracias por la Llave del Pasado. Guárdala el doble de bien que antes. No quiero volver a ver este invento del demonio nunca más.
Skerj empezó a reírse a carcajadas mientras alcanzaba un pequeño paquetito de tela que le arrojó Daaf. Tras introducirlo sin más en un cajón del mostrador, se quedó mirando a Daaf de nuevo.
-Te lo dije -le espetó con una gran sonrisa.
-Ya... siempre me lo dijiste...
-¿Necesitas alguna llave normal para volver a tu casa?
-No, gracias. La última aún me aguanta bien... -le respondió Daaf mientras ya se daba la vuelta para irse. Entonces se paró en seco y volvió a mirar al erudito. Éste le alzó las cejas sin abandonar su cara de diversión.
-¡Está bien, dame tres más! -exclamó, poniendo con brusquedad una pequeña bolsita de tela en el mostrador.
Skerj soltó sobre el mismo uno a uno tres grandes alfileres pinchados cada uno en un pequeño corcho.
-No te preocupes...invita la casa... -le dijo Skerj con lentitud. Sus ojos le vacilaban más que nunca.
Daaf resopló y esbozó finalmente una pequeña sonrisa. Recogió todo lo que había frente a él.
-Siempre me ha parecido que tú y el Ilustre Magna sois muy amigos. No lo entiendo... Se supone que él no sabe nada de lo que haces aquí.
-Y tú se supone que no sabes nada de muchas cosas. Se sabe, más que se supone. Deja de intentar abarcarlo todo, hijo. Focus. Oh, vaya...
Y tras aquel último consejo, Daaf se despidió del sabio Skerj con un gesto y salió finalmente del local, que al volver a cerrarse la puerta volvió a su estatismo absoluto. Skerj ya no tamborileó más.
Fuera, Daaf se tomó un momento para observar el barrio de la Grieta. Su siguiente paso era esperar dos días y reencontrarse con Leril en la taberna de Mataescamas. "Bueno", pensó. "Este barrio no es de los más vigilados. Algo podré hacer mientras espero. ¿Cómo le irá a esa pesada?"
Y sin más, emprendió la marcha a lo largo de la calle-balcón. 

jueves, 8 de octubre de 2015

La jugarreta de Daaf. Quinta parte.

El sabio Skerj tamborileaba con los dedos en su mesa. Se trataba de un evidente signo de impaciencia, contrastando con su habitual talante impasible. Daba la impresión de estar esperando algo, o a alguien, ya que además mantenía su mirada fija en la puerta enfrente de él. Sin embargo, aparte de los suaves golpecitos contra la madera, ningún otro sonido podía oírse en la tranquila estancia. Skerj sabía que tarde o temprano esa puerta se abriría, y mientras tanto su tamborileo contaba, como si de un singular metrónomo se tratase, el tiempo que transcurría hasta que ocurriese. Tiempo...
Precisamente en el tiempo se encontraban atrapados en ese momento Daaf y Leril, buscando, o eso parecía, una salida a todo el caos que estaban recorriendo. Las paredes del túnel que atravesaban en ese momento se empezaban a agrietar, mientras llevaba rato acompañándolos un chirrido amenazante que en ocasiones parecía sacudirlo todo. Daaf se apresuraba por delante de Leril, que desde que comenzaron los temblores estaba cada vez más asustada.
-¡Daaf, por dios, dime qué demonios ocurre! ¡Antes los túneles no se agrietaban! -le chilló por encima del escándalo.
-Se nos acaba la suerte. No quedan muchos fragmentos lo suficientemente estables como para visitarlos. De hecho creo que el siguiente es el último. ¡Prepárate!
-¡Pero para qué! -le espetó Leril cada vez más histérica.
Daaf volvió la cabeza un momento sin dejar de correr, miró a su compañera con gravedad y simplemente dijo:
-Para todo.
Leril contrajo una mueca de frustración y miedo, al tiempo que se fijaba que llegaban al final del túnel, gobernado por una puerta que le resultaba muy familiar. Daaf la abrió con el hombro casi sin frenar, atravesaron el umbral rápidamente, y ya cuando Leril iba a cerrar Daaf la interrumpió con un empujón.
-Espera.
Desde donde estaba, Leril podía ver el túnel colapsándose a lo lejos. Con suma precisión y rapidez, Daaf extrajo una botellita de una pequeña bolsa entre sus ropajes.
-¿Pero qué haces?
-Se trata de un simple ungüento que brilla al verterlo. Necesito algo para marcar -le contestó Daaf, mientras dibujaba un extraño símbolo en el suelo con el contenido de la botellita. Acto seguido pronunció unas runas, juntó las manos en una palmada y las pegó a las paredes del túnel, de las que saltaron chispas por un momento. Daaf cerró la puerta de un golpe y respiró.
-Bueno, -dijo dándose la vuelta- ahora sólo tenemos que...
El resto de la frase quedó silenciada por un golpe seco en la mandíbula que le derribó inmediatamente. Levantó la mirada. Allí se encontraba Leril, con los ojos a punto de salirse de las órbitas, el pecho subiendo y bajando sin control y una postura de combate, amenazante, sosteniendo sendos cuchillos en las manos.
-Basta -susurró Leril a punto de perder el juicio- ¡dime ahora mismo qué es lo que te propones o te rajo aquí mismo antes de desaparecer de toda la existencia!
Daaf levantó la mano, como para tranquilizar a Leril, pero esta volvió a la carga:
-¡Por qué, después de tenerme un siglo dando vueltas por tu patética vida, colocas un hechizo de explosión retardada! ¡Dime qué motivo hay para que saltemos por los aires ahora! ¡¡Habla!!
Daaf le mantenía la mirada a Leril desde el suelo, sin ceder terreno. Comenzó a explicarse con serenidad, aparentemente ajeno a las intenciones asesinas de su compañera.
-El tiempo es como una ola que nunca rompe, Leril. Viniendo aquí nos hemos bajado de la cresta, y ahora debemos volver. Y el único impulso que hay en esa dirección es el de la energía que regresa una vez los fragmentos se han colapsado. Y este en el que estamos es el último al que podemos acceder, y no es muy estable. Se vendrá abajo de un momento a otro. La bomba es simplemente para ganar impulso antes de que se nos trague. Es la única manera. Nos catapultará a través de la energía del plano hasta la delgada línea del presente. Pero es peligroso. Si nos salimos de aquí podemos acabar perdidos para siempre. Así que, guarda esos cuchillos y empieza a pensar un poco.
Leril miró alrededor, calmando su genio para asimilar toda la información. Se encontraban en la habitación de Daaf, aunque mucho más vacía que de costumbre. El paisaje visible por la ventana parecía emborronado, como si le faltaran partes. Y un temblor que empezó mientras no se daban cuenta comenzaba a cobrar fuerza. Daaf aprovechó para levantarse y agarrar a Leril de los brazos.
-Leril. Guarda, los cuchillos. Por favor.
Leril pareció perder toda agresividad mientras se perdía en la mirada penetrante de Daaf. Y como si esa fuera la señal que había estado esperando, Daaf reaccionó de inmediato echando el cuerpo de Leril y de sí mismo al suelo.
-Busca algo a lo que agarrarte. Y no te sueltes por nada del mundo -le gritó en medio del estruendo creciente.
Leril obedeció sin pensarlo. Realizó un par de sellos con las manos, que hicieron que sus dedos empezaran a brillar como hierros al rojo. Entonces hundió sus manos candentes en el suelo adoquinado, que se fundió al contacto, y acto seguido echó un aliento helado sobre la roca fundida, atrapando sus propias manos dentro. Daaf se le quedó mirando impresionado. De vez en cuando a Leril se le ocurrían genialidades como esa. La imitó, sabiendo que era la manera más rápida de asegurarse al suelo, con el tiempo justo de soportar la última sacudida.
Una gran oleada de calor los barrió desde la puerta, acompañado de un ruido penetrante y percusivo y un fogonazo de mil colores a través de la ventana. Después todo fue caos. La estancia parecía empujarlos en todas direcciones, el estruendo era ensordecedor e incomprensible, y el torbellino de luces e imágenes que sucedía afuera les atravesaba como flechas los párpados cerrados y les punzaba el cerebro. El suelo comenzó a agrietarse, y la grieta avanzó hasta Leril, que salió despedida antes de poder darse cuenta de que había algo por lo que preocuparse. La chica comenzó a dar tumbos sin control por toda la estancia. Daaf lo vio, y cuando se disponía a realizar un hechizo para volverla a atraer se dio cuenta de pronto de que tenía las manos atrapadas en la roca. En aquella situación, en medio de ninguna parte y ningún tiempo, a punto de ser engullido por la nada y con las manos inutilizadas, realmente no tenía muchas opciones para hacer magia. De hecho, únicamente le quedaba un recurso desesperado. Cerró los ojos y trató de concentrarse en encontrar el reflejo del aura que identificaba a su compañera...
La calma vino de manera tan brusca que ambos perdieron el conocimiento. Todo el revuelo insoportable de esfumó en un instante, y Daaf y Leril cayeron rodando sobre una mullida alfombra de arbustos y hojarasca. Daaf empezó a recobrar la consciencia a los pocos minutos. Al ver a su compañera tendida y sin sentido, reunió las fuerzas que pudo para acercarse, imponer sus manos sobre ella y realizar algún tipo de conjuro curativo. Cuando vio que se despertaba, resopló y se derrumbó junto a ella.
-Bueno... -dijo entre resoplidos- ya, estamos... aquí...
Leril se incorporó con dificultad. Inspiró una bocanada de aire y le pareció como si fuera el aire más puro de todo el universo. No le hacía falta preguntar. Lo notaba. La escasa energía del laberinto temporal les había ido asfixiando la mente poco a poco, y ahora de repente se sentía liberada de nuevo. Miró a Daaf esbozando una media sonrisa.
-Recuérdame que no me vuelva a quejar nunca del presente -dijo, emitiendo una suave carcajada-. Y también que fulmine a cualquiera que me pida que vuelva a ese infierno insufrible.
Esta vez fue Daaf quien sonrió. El fuerte carácter de su compañera siempre le había resultado un tanto cómico.
-Dime, ¿cómo me pudiste mantener dentro todo el tiempo? noté que hacías algo pero no logro entender...
-Telequinesia espectral -la cortó Daaf. Siempre le emocionaba hablar de magia-. Una de las últimas cosas que estuve ojeando en la catedral antes de fastidiarle el portal al Ilustre Magna. Si te digo la verdad no pensaba que me fuera a resultar útil allí detrás... -dijo, refiriéndose a los momentos pasados.
-La séptima escuela de magia... -comentó Leril mirando al infinito- Nunca fui capaz de comprender cómo funciona. A mí con la magia elemental, algo de alquimia, la rúnica y los sellos me llega y de sobra. Pero tú estás loco. No entiendo cómo no te saltaba la cabeza por los aires cada vez que te sometías a una nueva asimilación.
Daaf volvió a sonreír, aún tumbado en el follaje, a la espalda de Leril. Al fin había vuelto. Sin duda el flujo de energía fresca de nuevo en su cuerpo estaba mejorando su humor por momentos. Finalmente se incorporó y se puso de pie, haciendo como que ignoraba las pullas de su compañera, y se sacudió las ramitas y las hojas de la túnica.
-Hay que ponerse en marcha. Seguramente ya habrán notado que algo ha pasado aquí, vendrá gente dentro de poco y yo tengo que ir a ver a un conocido. Leril, necesito que me hagas un favor.
Leril se le quedó mirando incrédula. Jamás en la vida Daaf le había pedido nada.
-Necesito que consigas una vejiga de cabra y vayas al bosque del sur. Allí crecen unos árboles que echan algún tipo de aliento siniestro. Recógelo con la vejiga y petrifícala al instante. Me lo tienes que dar de esa manera, ¿de acuerdo?
Leril permanecía inexpresiva. Daaf resopló.
-Escucha, ya sé que no te gusta que no te cuente para qué es todo esto. Pero no tengo tiempo de...
-No, está bien -le interrumpió Leril, con voz despreocupada-, tengo ganas de viajar. Nos veremos en la taberna de Mataescamas.
Esta vez fue Daaf quien se quedó en el sitio.
-... es un árbol seco con vetas negras en el tronco. Ve... con cuidado. Buen viaje...
Daaf no sabía si fiarse. Nunca había sido capaz de entender cuándo Leril le hablaba con sinceridad y cuándo estaba siendo pasivo-agresiva. Si había algo que le molestaba eran las tonterías emocionales absurdas que tenía ella a veces. Pero como otras veces, decidió dejarlo pasar y afrontarlo cuando fuese el momento.
-¡En la taberna de Mataescamas, Daaf! ¡Dentro de dos días!
Y ambos compañeros se separaron y empezaron a caminar en direcciones contrarias, recorriendo el inmenso valle boscoso donde habían aparecido, ancho y verde, rodeado por grandes montañas, y al final del cual se erguía, por encima de toda la cordillera, con sus numerosas ventanas, chapiteles, tejados y pasadizos, la gran ciudad-montaña tallada de Sinax, capital del reino. 

domingo, 6 de septiembre de 2015

Breve glosario y explicación para algunas cuestiones importantes

Alquimia: Una de las nueve escuelas de magia que existen en el reino, concretamente la tercera. La alquimia se basa principalmente en el estudio y la elaboración de compuestos con propiedades mágicas. Este se divide en Alquimia Menor, que es toda aquella que se puede realizar con un simple caldero al fuego, y la Gran Alquimia, que requiere de una habitación preparada y multitud de material específico, y normalmente se combina con otros tipos de magia.

Asimilación: Procedimiento que ha de seguir todo estudiante de magia como parte fundamental de su aprendizaje. Por medios místicos se accede de forma directa a su mente y se introduce toda la nueva información, mezclada y sin ningún orden. En los días siguientes, el estudiante ha de concentrarse en comprender, analizar y organizar dichos conceptos, procurando mantener la calma y la concentración, ya que de lo contrario podrían surgir problemas. De ahí el nombre de "asimilación".

Canto de vacío: Técnica perteneciente a la Magia Elemental, la primera de las nueve escuelas de magia. En concreto, se trata de una técnica perteneciente a la rama del aire, en la cual se gana control y dominio de este elemento a través de cánticos y proclamas. El canto de vacío se encarga de sustraer el aire de una zona próxima a un objeto, normalmente para moverlo gracias al cambio de presión.

Espiritual: Concerniente a la Magia Espiritual, octava escuela de magia. La magia de este tipo se vale de la energía de uno mismo, el espíritu, para realizar sus hechizos.

Iglesia: Edificio consagrado al estudio e investigación de la magia, ya sea de una o de más escuelas. Si se limita exclusivamente a un tipo de magia, se la llama también "iglesia especializada".  Aparte de las iglesias, existen las capillas, más pequeñas y en las que únicamente se realizan labores de investigación avanzada (suelen contar con un amplio nivel de subsuelo) y las catedrales, grandes centros educativos con multitud de recursos en los que se enseña en todos los niveles acerca de más de una escuela de magia.

Ilustre Magna: Máxima autoridad en el estudio de la magia. A través de él y su cámara de consejeros se administra toda la red de iglesias a lo largo del reino, controlando los proyectos de investigación y subsanando cualquier falta grave de seguridad. No obstante, siempre se deja gran margen de libertad en cuanto a las vías de investigación. En contadas ocasiones aparece alguien que intenta actuar al margen del sistema, pero por lo general su actividad se acaba interceptando rápidamente. 

Instructor: Mago encargado de supervisar el progreso de los estudiantes en una iglesia. Dependiendo del tamaño de ésta, así variará el número de instructores. Sus labores principales consisten en velar por la seguridad de los estudiantes y resolver sus dudas en sesiones de tutoría.

Magia: Se denomina como el arte de comprender y manejar el flujo de energía que forma un plano concreto. Los magos se afanan en investigar el mundo en el que viven y su composición, convencidos de que es el mejor camino para evolucionar y trascender. Todos aquellos que no son magos dirigen su atención a asuntos más cercanos y materiales, mirando siempre por sus propios y simples intereses. Ambas sociedades, la mágica y la no mágica, conviven de manera independiente y manteniendo relaciones casuales, dentro de un equilibrio razonable (razonable porque si surge un conflicto, todo suele acabar con chispas, rayos y una derrota fulgurante y humillante).

Piromante: Mago elemental especializado en el dominio del fuego. En la Magia Elemental, el control del fuego se adquiere mediante la danza. Los piromantes aprenden los distintos movimientos corporales que han de perfeccionar para controlar no sólo el fuego, sino éste en todas sus formas y estados.

Plano: Sección de la realidad con autonomía e identidad propia. Coloquialmente, "mundo", una amplia porción de espacio con límites físicos en las tres dimensiones. Abandonarlo es una tarea harto difícil y que sólo se puede conseguir por medios místicos. Dentro de la cosmología propia de este universo, y según los estudios sobre el tema hasta el momento, los planos se encuentran dispuestos en paralelo entre sí, y su tamaño concreto es desconocido.

Refugio de punto infinito: También conocidos como Lugares sin Lugar, los refugios de punto infinito se encuentran en varios planos y en ninguno al mismo tiempo. Son ligeras imperfecciones, grietas en el espacio vacío que hay entre los planos. Su nombre se debe a que solamente es accesible a través de una singularidad, un punto infinitamente pequeño, sin dimensiones. La producción de llaves especiales para acceder a estos refugios es una de las escasas actividades que aún escapan al control del Ilustre Magna.

Ritual: La segunda de las escuelas de magia. La magia ritual estudia cómo, a través de acciones concretas, con objetos específicos y de una manera y en unas condiciones determinadas, pueden suceder fenómenos mágicos sorprendentes. El estudio y la investigación de este tipo de magia resulta especialmente duro al principio, ya que requiere de extensas sesiones de meditación activa y multitud de experimentos frustrantes.

Runas: Constituyen la quinta escuela de magia, la más versátil y también la más desarrollada y utilizada. Se trata de un lenguaje que fue creado y mejorado por los magos durante milenios para comunicarse con la energía que manejan. La magia rúnica puede encontrarse en la mayoría de hechizos combinados. La práctica de esta magia siempre necesita de un poema rúnico, que en ocasiones ha de recitarse sobre una matriz geométrica. Los procesos rúnicos más avanzados requieren además de una disposición de ingredientes sobre la matriz que con sus propiedades ayuden a conseguir el efecto deseado.

Sellos: La sexta de las escuelas de magia. El arte de conformar signos con las manos es uno de los más antiguos. Los movimientos, realizados con exactitud y precisión, provocan un cambio en el flujo energético que desemboca en el efecto deseado. Existe una gran cantidad de sellos distintos y de diferentes tipos, y la dificultad que entraña llegar a dominarlos hace que su investigación se encuentre limitada a unos pocos maestros.

Sinax: Capital del reino y centro neurálgico en lo que a la sociedad mágica se refiere. Se construyó tallándola por entero en una gran montaña, y en su cúspide se encuentra la catedral de Sinax, la mayor de todas la catedrales, cuya dirección corre a cargo del mismísimo Ilustre Magna. La mayoría de sus habitantes saben al menos algo de magia, ya se dediquen a ella o no.


¿Qué es eso del "mes de la pulsación" y por qué, según Daaf, impediría abrir un portal? El tiempo en el mundo de Daaf se mide de forma diferente. El primer período que se empezó a medir fueron los meses, ya que los magos antiguos se dieron cuenta de que cada cincuenta días las condiciones de la energía del plano cambiaban ligeramente. En el mes de la pulsación concretamente, la energía vibra más de lo usual, lo cual hace que cualquier portal que se abra se vuelva muy inestable. Los "sellos de ángel" que menciona Leril después son un tipo de sellos muy poderosos que permiten, entre otras cosas, corregir esta inestabilidad causada por la vibración mágica. 

¿Por qué se mira Daaf el brazo cuando Leril cae por el acantilado? Porque trabajan juntos. Cuando un estudiante de magia acaba sus estudios, puede optar por tres vías. O bien ingresa en una capilla para realizar investigación avanzada, o bien se convierte en el instructor de una iglesia, o bien, como hizo Daaf, se dedica a ir por libre, investigar por su cuenta y ganarse la vida con lo que le ofrezcan a cambio de resolver problemas. Si se elige esta vía, lo normal es que te asignen un compañero a quien acudir cuando el encargo necesita a varios magos o resulta demasiado complicado. Dos magos compañeros son responsables el uno del otro, de esta manera también se reduce la competencia y se ayuda a que haya trabajo para todos. Como a pesar de esto, un mago que vaya por libre suele estar concentrado en sus propios asuntos, cuentan con un medio que les permita saber de inmediato si su compañero les necesita.  Daaf y Leril tienen sus cuerpos encantados con magia espiritual vinculante, con lo que si a uno de los dos le ocurre algo grave que requiera ayuda, una marca aparecerá en el antebrazo de su compañero.

¿Qué es exactamente ese laberinto de recuerdos en el que se encuentran ahora Daaf y Leril? ¿Están viajando en el tiempo? No. Al menos, no tal y como lo comprendemos. El tiempo en el universo de Daaf funciona como si se tratara de una ola que nunca rompe. El presente es justo la cresta de la ola, y una vez transcurre, los momentos y lugares que quedan atrás se van degradando y destruyendo, cada uno a un ritmo distinto. Una vez se pliegan totalmente sobre sí mismos, se convierten en pura energía, la cual se impulsa a través de la ola hasta adelantarla y seguir alimentando el presente. Daaf y Leril se encuentran ahora mismo justo detrás de la cresta, saltando de un momento pasado a otro, tratando desesperadamente de no desaparecer por completo. Para volver a subir al presente, deberán aprovechar el impulso de la energía primaria, pero sin que el momento en el que se encuentren se haya colapsado. Muy pronto en la siguiente entrada de "La jugarreta de Daaf". 

jueves, 13 de agosto de 2015

La jugarreta de Daaf. Cuarta parte.

Daaf resopló y se revolvió en la silla. Se estaba impacientando. Aquel viejo con el que se había encontrado no le daba información útil, daba la impresión de que estaba jugando con él. Y eso le molestaba.
-Bueno, ¿entonces qué? -le susurró al anciano.
Este dio otra larga calada a su pipa y miró alrededor. La taberna albergaba unos pocos desgraciados, que se encontraban demasiado hundidos en la bebida para darse cuenta de lo que ocurría en el mundo, y mucho menos de lo que tramaban tres encapuchados en el rincón más oscuro.
-No eres un chaval prudente, ¿eh? -soltó una carcajada-. De toda la gente que conozco que intentó este hechizo, el que mejor acabó está ahora encerrado, loco de atar porque cada vez que intenta conciliar el sueño siente como si le atravesasen los ojos con hierros candentes. Y tiene que comer con los pies, porque sus manos le intentan estrangular cada vez que las mueve -añadió, tras lo cual le mostró sus escasos dientes torcidos y amarillentos en una sonrisa malévola.
Daaf bajó la mirada. Se había dado cuenta de que el anciano estaba totalmente paralizado en su horrible gesto, al igual que el resto de gente en toda la taberna. Los contornos de los objetos empezaban a verse borrosos.
-Vámonos, Leril -le dijo a su compañera mientras se levantaba-. Se está empezando a plegar aquí también. Ponte a empujar las paredes. La salida tiene que estar cerca.
-¿Cuánto tiempo piensas seguir ocultándote de esta manera? -le preguntó Leril mientras se ponía a toquetear las paredes de yeso gris.
-Todo el que pueda. Lo único que quiero es despistar a todo el que me busque mientras lo hagan en sitios evidentes. Cuando ya no podamos movernos más, volveremos a la torre y con suerte podré completar el... plan.
Daaf se había callado antes de decir la última palabra, acordándose de que Leril aún no sabía exactamente lo que tenía pensado. Sabía que tarde o temprano lo tendría que averiguar, pero de momento no le parecía prudente.
-¿Qué plan? -a Leril le ponía nerviosa tanto secretismo-. Aún no me has contado nada, Daaf. Y esto es peligroso. Si no salimos a tiempo...
-Desapareceremos de la existencia junto con los recuerdos que tengan los demás de nosotros. Lo sé mejor que tú, Leril. Y no estoy jugando. Se trata de algo importante... ¡Aquí está!
Mientras palpaba los tablones raídos de la barra del bar, Daaf había encontrado una sección cuadrada de cerca de un metro y medio de alto que cedía. Empujó un poco más y se abrió como una pequeña puerta, hasta que se volvió parte de la pared de un túnel, el cual parecía estar hecho de la misma madera podrida que la barra de la taberna.
-Vamos, no queda mucho -le apremió Daaf a Leril. Esta se metió como pudo en la abertura y se puso a gatear por el túnel, seguida por Daaf. Una vez habían entrado los dos, la abertura se colapsó y quedó cerrada totalmente. Pasaron unos minutos mientras gateaban en silencio antes de que Leril volviese a abrir la boca.
-A ver, recuérdamelo otra vez, ¿qué es este caos de laberinto? ¿seguimos en nuestro plano?
-Sí y no -respondió Daaf después de dudar un momento-. Estamos recorriendo partes inconexas del mismo, momentos que se han desprendido del orden temporal y se van destruyendo conforme se aíslan. Son fragmentos del pasado que se van reciclando para mantener la continuidad de nuestra realidad.
El túnel se iba ensanchando. Ahora podían recorrerlo caminando agachados. La madera ya no parecía estar tan podrida.
-¿Y por qué sólo hemos visto momentos de tu pasado? ¿Por qué no del mío o de cualquier otro?
-Porque fui yo quien nos dio acceso. Mi energía mental aún los mantiene unidos a través de la memoria, y por tanto solo podemos saltar entre aquellos momentos en los que yo haya estado presente. Sin embargo, no hay ningún orden entre ellos y podríamos encontrarnos con cualquier cosa. Abre bien los ojos...
Continuaron avanzando por el túnel hasta que era lo suficientemente grande como para que pudieran andar de pie sin problemas. La madera había ido dejando paso poco a poco a una pared lisa y oscura, y tras unos minutos más de caminata llegaron a una bifurcación iluminada por un color rojizo. Había una puerta ajada reposando contra la pared, y por los rincones multitud de basura de todo tipo, objetos rotos que por alguna razón se amontonaban en el interior de aquella fisura espacio-temporal. El camino de la izquierda se perdía de la vista tras un recodo lleno de tierra y raíces, mientras que el de la derecha daba paso a un corredor sumido en la más absoluta negrura, del que se podía sentir una corriente de aire caliente y pesado.
-Vamos por aquí -dijo Daaf señalando el camino de la izquierda-. Hay algo de ese otro pasadizo que no me gusta nada...
Entraron por la izquierda, y al doblar el recodo vieron que el camino ascendía por una estrecha escalera circular de altísimos escalones, todo hecho de tierra como si hubiera sido excavada bajo el campo. Comenzaron el ascenso, usando pies y manos para no perder el equilibrio. Conforme iban subiendo la tierra se iba haciendo más húmeda.
-Bueno, ¿y qué me dices de ti? ¿cómo escapaste tras caerte por el acantilado? -preguntó Daaf de pronto.
-Pues de una manera bastante más fácil que esta. Realicé un canto de vacío sobre mi propio cuerpo para ralentizar la caída, y justo al aterrizar me puse una pantalla de invisibilidad por si acaso. Me fui corriendo hasta el hospicio sin que me siguieran, y allí me escondí hasta que empezaron a decir que habías saboteado la expedición del Ilustre Magna. El resto ya lo sabes, me encontré de bruces contigo cerca de la catedral y luego me arrastraste hasta aquí.
-No tenía otra opción. Aún no sabemos quién nos atacó ni si tiene alguna relación con Sinax. Si está ocurriendo algo, nos afecta a los dos.
-¿Y por qué iba a tener el Ilustre Magna algo contra nosotros? Bueno, me refiero a antes de que decidieras volverte loco, claro...
-Te sorprendería saber... ah, mira, ya estamos aquí.
Daaf había alcanzado el final de la escalera, que se abría en un agujero que daba a un jardín cubierto por las ramas de un gran árbol. Cuando ambos salieron, el agujero se cerró de la misma manera que ocurrió anteriormente cuando escaparon de la taberna.
-¿Qué es aquel lugar? -preguntó Leril señalando un gran edificio de piedra que se veía a lo lejos.
-Es la iglesia donde estudié durante la guerra, justo antes de venir a Sinax -le contó Daaf mientras se sentaba al pie del árbol-. Las escaramuzas no llegaban a esta parte del reino, y en verano podíamos pasear por todo este prado que hay hasta allí. En este momento estaba estudiando la historia del mago Mundus y algunos de sus apuntes. En nada vendrá el instructor y charlaremos un rato. Ahí viene...
Vieron cómo se acercaba un hombre alto, calvo y barbudo, de anchos hombros y cubierto por una toga basta atada con un cordel. Se acercaba caminando con aire apacible, con las manos a la espalda y contemplando el paisaje.
-Buen día, Daaf, ¿cómo va tu primera asimilación? -le preguntó el hombre con una voz grave y engolada.
-Sin problemas, instructor. Este ambiente es el mejor que podía encontrar para continuar mi estudio -contestó Daaf de forma automática.
-Ciertamente, parece mentira que haya un lugar en el que se pueda estar tranquilo estos días ¿eh? -dijo el instructor riendo de forma amable-. Con todo este desorden que hay ahora mismo en el reino, resulta difícil saber cómo amanecerá el día de mañana...
-No es como cuando miras a un demonio a los ojos, que sabes que te arrancará el corazón palpitante y se lo tragará entero, ¿verdad?
El instructor rió más fuerte. Se acomodó junto a Daaf y miró hacia la iglesia.
-Eres un aprendiz muy curioso e inquieto. No hay aspecto de la magia que no te atraiga... Supongo que ya te habrán soltado el sermón sobre tener cuidado con lo que se aprende y no tratar de abarcarlo todo.
-Varias veces, y siempre tratando de asustarme. Y no me gusta. Quise estudiar esto desde pequeño. ¿Por qué habría de sentir miedo de mi vocación?
Daaf repetía con exactitud todo lo que había dicho cuando aquel momento ocurrió realmente. Sin embargo, no lo hacía porque quisiera, sino porque simplemente las palabras salían de su boca de manera mecánica, movidas por el recuerdo. Leril asistía a la escena en silencio, sabiendo que sería invisible para ellos hasta que todo se volviese a paralizar. El instructor tomó aire un momento antes de responder.
-Daaf, la magia es la vida. Y la vida es algo muy profundo e intrincado. Nunca sabemos qué minúsculo detalle de la realidad nos va a dejar fuera de juego. Como tú bien has dicho, no es como cuando miras a un demonio fijamente a los ojos, porque en ese momento puedes estar seguro de que tu vida ha terminado. No, en el día a día, la magia y la vida son nuestras grandes desconocidas. Y hemos de profesarles respeto. Porque por muy seguro que esté uno de sí mismo, de lo que es, de lo que quiere, el que no lo viva con respeto y devoción suele encontrar un destino incierto. Ten siempre mucho cuidado con lo que estudias, Daaf, no porque no quiera que crezcas y aprendas, sino precisamente por lo contrario. Ama y respeta lo que ejerces, y encontrarás lo que buscas con ello. No hay más camino que ese...
El hombre finalizó su pequeña charla sin perder la expresión ensoñadora que brillaba en sus ojos, fijos en el infinito. Daaf y Leril se quedaron también en silencio un momento, observando despreocupados los campos que se extendían a sus pies, hasta que de pronto Leril reparó de nuevo en el instructor.
-Se ha quedado quieto... ¡Daaf!
Y como si a ambos los empujara un resorte, se levantaron de un brinco y se pusieron a buscar como locos una salida que les permitiese seguir moviéndose a través del pasado de la vida de Daaf, ocultos a la guardia que en aquel momento los buscaba por todo el reino.