lunes, 22 de mayo de 2017

La jugarreta de Daaf. Octava parte.

El sol se asomaba por las rendijas de la ventana cerrada. Podía percibirse el ajetreo amortiguado de la calle al otro lado, mientras dentro reinaba la quietud y el silencio. La noche anterior, Daaf y Leril se habían quedado despiertos hasta tarde, mientras el primero le explicaba su plan e intenciones a la segunda con todo lujo de detalles. Había sido una velada intensa, ya que el impacto que se llevó la chica fue bastante grande, de modo que en aquel momento, bien entrado el mediodía, aún seguían durmiendo.
Un par de ojos se abrieron en mitad de la penumbra. Daaf se incorporó con dificultad y miró a su alrededor. A través de la puerta también podía percibirse el movimiento de la taberna. Unos sonoros golpes hicieron vibrar la ajada madera de pronto.
-¡Eh, vosotros dos! O pagáis otra noche u os largáis -se oyó al tabernero al otro lado con voz brusca.
Daaf esbozó una media sonrisa. "Ese tipo nunca ha sido muy amable", pensó con cierta diversión. Se levantó completamente de la cama y se dispuso a abrir las ventanas para dejar entrar la luz.
-Leril -llamó a su amiga, dándole suavemente con el pie en el costado-, levanta, me tienes que ayudar a quitar el escudo de silencio.
Leril se despertó con una gran parsimonia. Había dormido en el suelo, usando el colchón de su propia habitación, ya que después de la charla ambos se encontraron demasiado cansados para retirar el hechizo que los mantuvo a salvo de escuchas indeseadas.
-Vamos, quita los sellos, que yo no sé -le apresuró Daaf mientras observaba por la ventana.
Leril se fue encarando a las cuatro paredes de la habitación mientras movía ambas manos a una velocidad de vértigo. En cada una se pudo oír un tono grave y seco, como una onda de frecuencias bajas que caía hacia el suelo. Cuando terminó, miró de forma socarrona a Daaf.
-Je, te creerás que sabes mucha magia, pero luego me tienes que pedir ayuda con algo tan sencillo -le soltó con la voz aún pastosa.
-Gracias a eso sigues existiendo, pesada -le replicó Daaf retirándose de la ventana-. Anda, déjalo, que es muy temprano para que me piques. ¡SKOR!
El súbito grito de Daaf, pronunciando la runa de cancelación, hizo aparecer brillantes grietas por todas las superficies de la habitación, hasta que la energía invisible que los había protegido aquella noche se colapsó y se arremolinó brillando en torno a la mano extendida del mago.
-¿Para qué recoges el sobrante de un hechizo tan pequeño? -le preguntó Leril extrañada- Comprendo que eres un poco tiquismiquis con esas cosas, pero tanto...
-Es mejor no dejar rastro -le cortó Daaf, con un tono algo cansino-. Si no fuera así, el hechizo reforzado habría sido para nada. Vámonos.
Y sin mediar más palabra, ambos se echaron por encima su capa de viaje y se dirigieron al exterior.
Daba la sensación de que el revuelo causado días atrás por el sabotaje al portal se había calmado un poco en la compleja ciudad. Se veían menos guardias por las calles, y con menos frecuencia, por lo cual huir de la ciudad resultó mucho más sencillo que infiltrarse en ella. Sin embargo, cuando ya estaban alcanzando el enorme pórtico que daba acceso desde el exterior, advirtieron una docena de centinelas guardando cada ángulo de la entrada. Rápidamente torcieron en un callejón sin salida para ocultarse de la vista.
-Estupendo -masculló Leril en un susurro, mientras se parapetaban tras un grupo de altas tinajas de barro que había al fondo-, como si no te lo hubiera estado diciendo. "Habrá más guardias en la entrada principal", ¿no te lo has podido creer hasta ahora?
-Calla -la cortó Daaf-. Tengo que pensar una... a ver.
Daaf se percató del profundo hastío que se estaba dibujando de nuevo en el rostro de su compañera, por lo que se sentó cruzando las piernas junto a la tinaja por la que se había estado asomando, e invitó a Leril a hacer lo mismo, dispuesto a explicarse.
-Tenemos que actuar con cautela, Leril. Las entradas de servicio están más ocultas, pero no son desconocidas. Es evidente que esperan que alguien trate de escabullirse por allí, por lo que habrá más seguridad. Y no me refiero sólo a guardias, sino a hechizos también. Lo último que podrían esperar es que tratemos de salir por delante, por lo que es aquí donde habrá menos dificultades.
Leril contrajo el gesto, reacia a ceder tan fácilmente ante tales revelaciones.
-Pero... -aventuró- ¡pero si en realidad da lo mismo! Quiero decir, por lo que me has contado, en realidad no hay nada contra nosotros -se apartó el cabello rubio mientras vigilaba por las rendijas entre las tinajas-. Al final no sería un arresto en sí, ¿no? Es más como una escolta... -quiso continuar, pero Daaf comenzaba a negar con la cabeza.
-Leril, estamos en mitad de una gran estafa. Y aquí, los únicos que sabemos que lo es somos tú, yo y el Ilustre Magna. Los guardias no saben que hacen de protección, ni los jueces, ni nadie más que participe en nuestra captura. Y si nos pillan, perderemos un montón de tiempo mientras nos procesan, y además nos quedaremos sin tapadera. Recuerda que alguien va tras mi cuello, y puede que también tras el tuyo. Hay que pensarse muy bien el próximo paso, las cosas podrían torcerse de cualquier manera...
Daaf le mostró su mano a su amiga, mostrándole cómo preparaba una pequeña carga de impacto en ella.
-¿Por qué estás...?
-¡Eh, vosotros dos!
¡BAM!
Leril se quedó en shock. Había ocurrido todo tan deprisa que no tuvo tiempo de comprenderlo mientras pasaba. El cuerpo inconsciente del que aparentaba ser el dueño de las tinajas yacía junto a ellos, y Daaf ya se estaba moviendo para ocultarlo de la vista. Al parecer, este había aparecido de improviso y Daaf le había respondido soltándole su hechizo a la cara sin dejar de mirar a los ojos de Leril.
-Uf... -soltó Daaf, volviendo a su posición una vez dejó al hombre tumbado en la esquina del callejón- Había pensado en dejar una botella de licor a su lado, pero creo que con su olor será suficiente... Bueno, ideemos un plan para pasar.
Transcurrieron cerca de 40 minutos mientras los dos compañeros magos trazaban una estrategia para burlar la vigilancia. Contaban con la baza de que a Leril no la buscaban, aunque se sabía que conocía a Daaf y seguramente la interrogasen. Sin embargo, los guardias de la puerta no se moverían para preguntarle, sino que seguramente la llamarían. Tras múltiples discusiones, consiguieron acordar un plan que con suerte alejaría a los guardias y les daría una pequeña oportunidad para pasar y salir por fin de la ciudad.
La calle permanecía con su bullicio habitual mientras los dos se preparaban para ejecutar su idea.
-Maldita sea Daaf, se me agarrotan los brazos. ¿Se puede saber qué demonios haces con tanta revisión?
Leril se encontraba de rodillas en el suelo, junto a las tinajas, manteniendo los brazos en cruz mientras Daaf manipulaba aquí y allá la energía alrededor de su cuerpo, con gran meticulosidad y una expresión de concentración máxima en el rostro.
-Sólo estoy asegurando el plan -comentó Daaf mientras se enfocaba especialmente en una zona próxima a la axila izquierda de Leril-. Tenemos una única oportunidad y hay que forzarla todo lo que se pueda.
-¡Por todas las runas sagradas! Si se trata de ocultar una simple palabra de poder...
-Tú no lo has notado -la interrumpió Daaf sin desviar la mirada de su trabajo-, pero tienen detectores espectrales instalados cerca de la puerta, y saltan a partir de un determinado nivel de frecuencia, pero no puedo saber cuál, por lo que si no te camuflamos el hechizo con cúmulos de bajo poder que encajen perfectamente con tu geometría, te vas a ver en una celda antes de poder pensar que algo ha salido mal...
Leril soltó un bufido de exasperación.
-Me revienta que te hagas el listo de esta manera, ¿te enteras?
-Bueno... puede ser -replicó Daaf con absoluta indiferencia. Leril comenzó a poner los ojos en blanco.
-Bueno...venga, termina ya, tampoco nos vamos a tirar aquí toda la vida. Ese hombre de ahí podría despertarse...
-Sí... sí, creo que con esto puede bastar. Ya puedes bajar los brazos -dijo Daaf alejándose sin dejar de observar a Leril detenidamente-. No creo que hayan puesto los detectores más finos aquí... ¿Repasamos tu parte?
-Voy, dejo que me llamen, me acerco, respondo a sus preguntas, y a la señal los echo a volar.
-Exacto. Y muy importante, tienes que salir corriendo en dirección contraria a la de la puerta.
-¿¡Cómo!? -exclamó Leril con escándalo- A ver, Daaf, lo que queremos es salir. Salir hacia afuera. Lejos de la ciudad.
-Cuando actives la trampa darán por supuesto que quieres escapar por la razón que sea -continuó Daaf sin inmutarse-, pero si te ven haciendo lo contrario seguramente se queden quietos, extrañados pero seguros de que alguien te atrapará más adelante. Eso te dará ventaja.
Leril miraba a su alrededor, como si quisiera preguntar a un montón de personas invisibles si debía creerse lo que estaba oyendo.
-Vamos a ver. Me daría ventaja si escapase hacia fuera, Daaf -le explicó como quien explica cuánto son dos más dos-. Pero me acabas de decir que vaya hacia dentro. Derecha al cuartel. ¡A la boca del lobo!
-Lo sé, y de hecho no te lo he dicho antes porque se me ha ocurrido ahora. Pero créeme, de aquí vamos a salir tú y yo, juntos -Leril lo observaba con un escepticismo desbordante-. Fuera de la ciudad. Donde no están los edificios -añadió, imitando el retintín de su compañera.
-Está bien, me rindo, haz lo que tengas pensado. Total, ya estamos bastante fastidiados ahora mismo... -comentó Leril, levantándose por fin.
Ambos compañeros se miraron un momento y cada uno se puso en marcha. La muchacha se dio la vuelta y caminó resuelta por el callejón, preguntándose aún qué demonios haría Daaf, mientras éste se escabullía trepando por la pared hacia los tejados más bajos.
Al fin, Leril salió con aire despreocupado a la calle principal, caminando hacia la puerta de la ciudad. A pesar de toda la prisa que le había dado a Daaf hacía un momento, su inseguridad de pronto fue creciendo con cada paso que daba, así como la sensación de que las técnicas que habían empleado para ocultar el hechizo habían sido insuficientes. Con su mente invocando sin parar el hecho de que los detectores podían saltar en cualquier momento, la chica hizo acopio de entereza y apretó el paso, haciendo como que pretendía pasar junto al grupo de vigilancia.
-¡Oiga, señorita! -la llamaron inevitablemente- ¡Venga aquí! 
El plan de momento marchaba según las suposiciones: los guardias no abandonarían su puesto. Leril se acercó haciéndose la sorprendida. 
-¿Conoce usted al criminal Daaf? 
-¿El bastardo que saboteó la apertura del portal? ¡Por supuesto! -Leril puso los brazos en jarras, aparentando indignación- No he dejado de buscarlo por todas partes, como todos. ¿Qué se habrá creído? 
-Está bien, señorita. Deje el trabajo de su captura a los guardias. Sólo queremos hacerle unas preguntas -contestó el guardia impasible. 
-Sí, sí, claro. Por supuesto. 
Leril maldijo mentalmente. Los nervios estaban jugándole una mala pasada, ya que su tono exagerado y sus aspavientos sin duda demostraban una conducta sospechosa. 
-¿Cuándo vio usted al sujeto por última vez? -preguntó el guardia sin abandonar su postura. 
-Unas horas antes del ritual. Me lo crucé en Lascor, y parecía que llevaba mucha prisa -inventó Leril a toda prisa. 
-¿Dijo algo extraño o inusual, algo que pudiera revelar sus intenciones?
-No, sólo me comentó que tenía que hacer algo importante y me arrastró aquí a Sinax con él sin decir nada más.
-Un momento, ¿que la arrastró aquí? ¿No acaba de decir que se lo había cruzado?
Los nervios y la tensión iban en aumento. Tratando de mezclar hechos reales con mentiras para resultar más convincente, la hechicera no estaba sino enturbiando aún más su credibilidad. La sospecha era clara en la mirada de los guardias.
-Sí, bueno, me lo crucé pero me paró por la calle y me dijo aquello -dijo Leril con el tono cada vez más crispado -. Después me trajo aquí.
-Señorita, eso quiere decir que no lo vio por última vez en Lascor...
Leril ya no sabía cómo salir del atolladero. En tres frases se había delatado. Transcurrieron unos segundos de silencio, tras los cuales sabía que actuarían contra ella. Podía notar los latidos de su corazón en la garganta. Miró a su alrededor, desesperada, y el guardia se movió hacia ella, sin duda para capturarla. Y entonces, cuando parecía que todo se había ido al traste...
Hubo un destello y un rayo de luz brillante se alzó hacia el cielo desde escasos metros de distancia, al tiempo que saltaron los detectores, inundando toda la plaza con una estruendosa alarma. Los guardias miraron todos a la vez al fenómeno, al tiempo que Leril aprovechaba para llevarse la mano al pecho y vociferar la palabra de poder que llevaba oculta.
-¡HARSNENDOR!
Su voz resonó por encima de las alarmas, provocando que el aire vibrase violentamente de pura energía y tirando a la misma Leril al suelo. Su hechizo elevó entonces a los guardias haciendo que giraran sin control a varios metros de altura. La muchacha levantó la cabeza y miró atrás. Allí estaba la puerta, abierta, sin vigilancia, ofreciendo su oportunidad sólo durante los pocos segundos que les daba aquel caos momentáneo...
-Mierda, Daaf, por qué me lo tienes que poner tan difícil... -masculló en voz baja. Se levantó de un salto y, mientras los guardias caían ya al suelo, echó a correr en dirección contraria, justo hacia el interior de la ciudad. Miró atrás y, efectivamente, los guardias no la perseguían, sólo la miraban extrañados. Volvió la mirada al frente, pensando que en cualquier momento más guardias le cercarían el paso, cuando de repente...
Leril se encontraba dejando atrás la puerta de la ciudad. Volvió a mirar atrás, incrédula. Sin duda, de alguna manera había conseguido traspasar la puerta y ahora se encontraba fuera, corriendo sendero abajo. Dirigió la vista hacia su derecha y ahí estaba Daaf, corriendo junto a ella con una expresión triunfal. Lo habían conseguido. Habían escapado.
-¡Ahora, al refugio de Punto Infinito! ¡El del valle! ¡A todo hielo! -le gritó Daaf mientras corrían.
Leril respondió a aquella consigna de inmediato. Se adelantó y pronunció unas runas al tiempo que realizaba sellos con su particular habilidad. Saltó una gran roca e hincó la rodilla al caer. Al instante, todo el camino que se extendía ante ellos cuesta abajo se congeló. Daaf se detuvo junto a ella.
-Los trucos clásicos... -le murmuró sin aliento, pero sonriente, a su compañera.
-Ve delante. Me encargaré también de irlo borrando para que no nos persigan -le sugirió Leril enseñándole la mano izquierda, que seguía encantada.
-¡Allí están! ¡Que no escapen! -se oyó de lejos a los guardias.
-Ya.
-Vamos.
Daaf se tiró al tobogán mientras Leril le daba la espalda momentáneamente. Con la mano derecha hizo un par de sellos simples que provocaron que una muralla de raíces creciera a unos metros, obstaculizando a sus perseguidores. Después, con una media sonrisa en la cara, se dirigió al tobogán e hizo lo propio pero tocando el hielo que dejaba atrás con la otra mano, con lo que se fue evaporando a medida que lo palpaba.
El camino helado que había invocado la muchacha se extendía por toda la zona escarpada que había antes del frondoso valle, la parte más baja de la montaña que no formaba parte de la ciudad. Daaf y Leril se precipitaban a toda velocidad, tratando de mantener sus cuerpos de la manera más aerodinámica posible para ganar tiempo.
-¡¿Crees que los hemos dejado atrás?! -le preguntó Leril a voces por encima del aullar del viento a su alrededor.
-¡No tanto como podríamos esperar! -le contestó Daaf volviéndose para mirarla- ¡Son guardias, pero no son idiotas! También saben magia y habrán pensado alguna manera de... -Daaf se quedó mirando atrás- Oh, vaya...
Leril también volteó la cabeza. El cuerpo entero de la guardia que habían burlado, junto con una buena provisión de refuerzos, se acercaban poco a poco en la lejanía, montados en una especie de fantasmas con forma de lobo gigante.
-¡Círculos galopantes! ¿Qué demonios es eso, Daaf?
-¡Han invocado formas espectrales de su esencia espiritual! No esperaba que contaran con técnicas tan avanzadas, ¡tenemos que pensar algo para aumentar nuestra velocidad!
Ambos compañeros se quedaron unos segundos en silencio, exprimiendo sus mentes al máximo mientras su caída dejaba una estela de vapor a medida que Leril iba deshaciendo el tobogán.
-¡Un canto de vacío, Daaf! -exclamó la chica de pronto- ¡Hazlo justo delante de tu cuerpo!
Daaf la miró con asombro y admiración.
-¡Buena idea! -exclamó con júbilo- ¡Pégate a mí! ¡Será más fuerte si lo hacemos los dos a la vez sobre los dos juntos!
-¡Vale!
Leril se adelantó hasta que estuvo cayendo a la par con Daaf. Se agarró a éste y entonces ambos empezaron a cantar una extraña letanía, un intervalo de voces que afectó al aire que los rodeaba y creó un espacio vacío justo por delante. Eso provocó un súbito acelerón en la pareja, que se precipitó a toda velocidad hacia el valle, dejando atrás al escuadrón que los perseguía. Sin embargo, un rictus de preocupación se dibujó en la cara de Leril, observando cómo el final de su caída se iba acercando más y más.
-¿Y ahora cómo frenamos...? -le susurró con pavor al oído a Daaf.
Daaf caviló unos instantes y se metió la mano en un bolsillo. Extrajo un pequeño artefacto ovalado de bronce, con un agujero tallado en el que tenía engarzada una gema transparente.
-Un portahechizos -le dijo Daaf con satisfacción-. Tenemos que realizar el canto de presión más fuerte que podamos.
Puso el artefacto entre los dos y entonaron una nota diferente a la de antes, más grave, y con más fuerza. La gema que había en él fue tornándose de color azulado, primero muy pálido, y poco a poco cada vez más intenso, hasta ser casi azul marino.
-Suficiente -interrumpió Daaf-. Ahora te tienes que agarrar muy fuerte, casi hemos llegado.
En efecto, se encontraban a pocas decenas de metros del final. Con Leril fuertemente agarrada, Daaf apuntó con el pequeño objeto y, cuando ya les faltaban diez metros escasos, lo lanzó al suelo, delante del tobogán. Al impactar en el suelo, se abrió y provocó un vendaval momentáneo en todas direcciones, justo a tiempo para frenar en seco la caída de los dos magos, que acabaron hechos un revoltijo en el suelo. Las últimas nubes de vapor que quedaban del tobogán helado los cubrieron un momento antes de disiparse, mientras se levantaban rápidamente. Los aullidos espectrales de la guardia de Sinax ya se oían en la lejanía.
-Rápido, el refugio... -dijo Leril mirando en todas direcciones.
-Espera... -Daaf sacó uno de los alfileres que le había dado Skerj el día anterior-. Estaba por aquí... Sí, mira.
El alfiler mostraba un color rojizo a medida que Daaf lo movía, buscando su vía de escape.
-Es aquí. Vamos -dijo Daaf tras haberse movido unos metros con el pequeño objeto en alto. Éste había cambiado su tonalidad a azul eléctrico. Leril se volvió a pegar a Daaf, mirando cómo le quitaba con sumo cuidado el corcho en el que venía pinchado. Después, echó su capa sobre ambos, cubriéndose totalmente de la luz y de la vista. La guardia sonaba cada vez más cerca. Daaf movía el alfiler en el aire con cuidado y precisión, como buscando un lugar concreto en el espacio. Y entonces...
El alfiler vibró y volvió a cambiar de color, esta vez a un blanco intenso. Daaf y Leril empezaron a flotar, y la capa que los cubría se cerró formando una esfera perfecta. Entonces empezaron a notar como si cayeran hacia el propio alfiler, mientras iban empequeñeciendo cada vez más. El espacio donde se encontraban se iba ampliando, como si encogieran más rápido que la capa. Después de un minuto aproximadamente, en el que los dos magos encogieron sin parar, la punta del alfiler reveló estar adherida a algo muy extraño, una especie de sección totalmente vacía del espacio, un agujero esférico en la propia realidad. A medida que se precipitaban a este punto, cada vez más grande, el alfiler aumentó de tamaño y se abrió en la punta, tras lo cual pareció invertirse por completo y se tragó a ambos compañeros, que se deslizaron por el tubo metálico que había formado la llave hacia el interior del refugio, seguidos de la capa, que recuperó su tamaño en cuanto los acompañó por sí sola a una negrura total.
O quizá no del todo. Ambos magos aterrizaron en el interior de una pequeña cúpula oscura a través de un agujero en la pared. Se adivinaba un brillo violáceo entre las incontables rendijas y aberturas que se podían ver por toda la superficie, como si aquella extraña antesala estuviese formada por un denso cúmulo de ramas oscuras. Del mismo agujero del que habían salido Daaf y Leril cayó una especie de bastón metálico: la llave que habían usado. Daaf se apresuró a recogerlo y se dirigió junto con Leril al centro de la sala.
-Bueno, a salvo -resopló Leril aliviada-. Ahora, a tu casa.
Daaf respondió con un movimiento afirmativo de la cabeza y golpeó el suelo con el bastón. Inmediatamente se abrió un portal circular al que saltaron. El portal se cerró inmediatamente después, dejándolos en un espacio muy similar al que acababan de abandonar. Una gran taberna un poco mejor iluminada en la que todo parecía estar hecho del mismo material oscuro con forma de denso enramado, que no albergaba a nadie salvo a un camarero con cara de aburrido frotando vasos con un trapo tras la barra.
-Muy buenas, Simet -le saludó Daaf-. ¿Está abierto para Lascor?
-Tendréis que esperar un poco -le respondió Simet con voz aguardentosa-. Ahora hay mucha gente viajando desde el nordeste.
-Podemos esperar un poco -intervino Leril-. Pero no mucho más. Esta vez es un asunto importante -Leril se encaró con seriedad al camarero.
-Entonces sentaos y confiad en vuestra suerte -contestó, encogiéndose de hombros-. Yo tampoco puedo hacer mucho más. Si está abierto, pasáis. Si no, pues no.
-De acuerdo, vamos -dijo Daaf apaciguando los ánimos-. Ponnos una tapa de esas galletas extrañas -Leril lo miró muy sorprendida-. Que al final verás tú... -añadió entre dientes.
El camarero les puso un pequeño plato con cuatro galletas brillantes y rojizas. Daaf y Leril lo recogieron, pagaron y se sentaron a esperar.
-Vamos, prueba una -animó Leril a su amigo-. No se parece a nada que hayas comido.
Daaf miró receloso el manjar que tenía delante. Cogió una galleta y la mordió. Al instante sintió cómo una oleada de calor reconfortante lo invadía, extendiéndose desde su boca hasta las puntas de los dedos de los pies, y de nuevo cada vez que lo masticaba. De repente se sentía lleno de energía, capaz de cualquier cosa.
-Qué -dijo Leril con una sonrisa ante la cara de asombro de Daaf-. Ricas, ¿eh?
-No están mal... -comentó Daaf con la boca llena- Pero -tragó-, me las como porque seguimos en el refugio. El peligro viene cuando las sacas al plano. No es energía de nuestra misma naturaleza. No se sabe cómo pueden reaccionar.
-Ya sabía yo que saldrías con la vena aguafiestas... -dijo Leril con diversión, recostándose en su silla- En fin. ¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos?
-Todavía tengo que ensamblar el catalizador. Entre la miasma de sombra que me diste y otros pocos ingredientes que aproveché para comprar en Sinax, ya lo tengo todo preparado. Incluso dejé el círculo inscrito. Así el proceso ganará estabilidad...
-Vale, ¿y después?
-Después lo tengo que dejar reposar dos o tres días. Cuando esté listo, me mandará una señal mental. El resto es muy simple.
-¿Por qué habrá que complicarse tanto antes si el proceso es tan sencillo...? -se preguntó Leril para sí.
-El ritual original en sí es simple -le contestó Daaf-. Derramar un vaso de agua a la luz de la última Luna Roja antes de la Noche sin Luna. Lo que pasa es que para que funcione se supone que tienes que haber sido un rufián y un desgraciado toda tu vida. Y aún así no hay garantías de que funcione. El catalizador que hizo Nux nos ahorra esa parte. Con ingredientes oscuros y runas sombrías se consigue concentrar toda la maldad necesaria para que el proceso salga. El resto ya sabes cómo va.
Leril asintió en silencio, pensativa. Los dos amigos se quedaron esperando unos minutos más, tras los cuales no parecía que fueran a poder regresar pronto.
-¿Todavía nada? -le preguntaban a cada tanto al camarero.
Éste se dedicaba a mirarles y encogerse de hombros. Había en el lugar una quietud y un silencio punzantes. Después de otro cuarto de hora de resoplidos sin sentido y miradas arriba y abajo, Leril se levantó de la mesa dando un golpe con el puño. No podía más.
-Bueno, ¡algo habrá que hacer! No nos podemos quedar aquí quietos mientras no dejan de acaparar el canal. ¿No? -añadió mirando a Simet.
-Ya os digo, no puedo hacer nada si hay mucha gente viajando. Es lo que tiene si no lo dejan de utilizar, que no puedo vincularlo. Yo os puedo abrir si queréis, pero os las tendréis que apañar flotando en el Vacío Absoluto...
-Va, está bien, nos queda claro -le interrumpió Leril ya cansada-. ¿Daaf?
Daaf permanecía en su sitio, pensando con las piernas cruzadas mientras se mesaba la barbilla.
-Podemos intentar ir a Midstae y tratar de llegar desde allí... -aventuró mirando al infinito- Para Midstae está abierto, ¿verdad?
El camarero Simet se asomó a un ventanuco abierto en la pared tras él, en el que sin embargo no se podía distinguir nada a simple vista.
-Sí, pero por ese camino podéis tener problemas -les previno-. Está en un país muy grande, y tiene muchísimo tráfico. Tendríais que hacer tres saltos más por lo menos.
-Es mejor eso que esperar a que se nos acabe el tiempo -confirmó Daaf levantándose también-. Leril tiene razón, Simet. Es un asunto importante. Ábrenos.
Simet apoyó ambas manos en la barra, acercándose al mago y mirándole con intensidad.
-Allí han aprovechado el viaje entre brechas como un negocio. Han forzado los puntos. Han abierto portales. Por allí no sólo pasan magos, Daaf -le advirtió con voz intimidante-. Es un maldito infierno.
-Créeme -le respondió Daaf, acercándose a su vez y sosteniéndole la mirada con firmeza-, que si no llegamos a tiempo a Lascor podemos pasar por un infierno mucho peor. Abre la puerta, por favor.
Los dos hombres aguantaron la mirada del otro unos segundos más. Al final, Simet cedió.
-Está bien, allá vosotros, yo sólo aviso -dijo mirando al techo mientras se dirigía a la otra punta de la barra-. Luego, que no venga nadie llorando. Ea, ya lo tenéis.
Simet manipuló algo oculto tras la barra y de pronto en la pared contigua el raro material del que estaba hecha toda la taberna se estremeció y se empezó a mover, como si las ramas oscuras se apartasen dejando libre un túnel angosto.
-Gracias, Simet -le dijo Daaf mientras Leril se adelantaba-. Ya nos veremos.
Y sin más siguió a Leril por el pasadizo, que se cerró tras ellos.
El canal por el cual debían pasar, si bien también presentaba el mismo aspecto que la taberna, se asemejaba más bien a un pasillo de unos tres metros de ancho, con el suelo completamente plano y liso, y cuya altura parecía perderse en la negrura.
-Nunca me canso de esta parte -dijo Leril con ilusión. Salió a correr, seguida por Daaf, y cuando cogieron suficiente velocidad saltaron y se empezaron a deslizar, soltando chispas de debajo de sus pies y atravesando el pasaje como centellas. De vez en cuando tomaban alguna curva, como si fuera algún tipo de laberinto que sin embargo se conocían a la perfección. Tras un minuto y medio escaso, llegaron al otro extremo, que se abrió tan pronto frenaron y se acercaron.
Simet no había exagerado, de hecho incluso podría decirse que se quedó corto. Nada más salir del portal, ambos magos se encontraron apretujados contra sí mismos en medio de una marabunta de personas que parecían tratar de ir todas al mismo lugar.
-Oigan, no tengan cara y esperen la cola como hacemos todos -les espetó de pronto un hombre flacucho con cara de mal humor.
-Lo haríamos, pero dígame usted cómo salimos de este caos -le contestó Leril de mala manera.
-Esto os pasa por aparecer tan de repente. La gente se cree que puede hacer lo que les dé la gana... -el hombre continuó mascullando para sí mismo, perdiendo de pronto todo interés en continuar la conversación.
-Déjalo, Leril -dijo Daaf, antes de que Leril respondiera-. Esta gente no escucha. Míralos, están sumidos en su propia amargura. Sólo saben quejarse como autómatas. Venga, vamos, intentemos salir de aquí.
Tras unos cuantos empujones y escenas parecidas a la del hombre flacucho, por fin consiguieron salir de la marea de gente. Pasado el shock inicial, se repusieron y miraron alrededor. Aquello no era el tipo de refugio de Punto Infinito que ellos conocían. Se encontraban en una sala rectangular amplísima, atravesada por varias hileras de columnas delgadas y pobremente decoradas, y con estrechos ventanales cerca del techo en los que brillaba una luz que pretendía imitar la del sol, pero que en realidad resultaba mucho más fría y oscura. A lo largo de las paredes se disponían los orígenes de varias colas de gente, sin duda esperando para pasar los portales a otros refugios, unas más cortas y otras más largas, pero todas atestadas. Y justo enfrente se abrían portales cuadrados que, como si fueran vulgares puertas de un edificio administrativo, daban al exterior de una polvorienta calle iluminada por las luces del crepúsculo, por la que parecía circular aún más gente.
-Daaf, ¿dónde hemos acabado? -musitó Leril asustada- Esto me da muy mala espina. La gente sigue entrando, a pesar de que falta poco para que el sitio reviente.
Tenía razón. A través de los portales de entrada se veía entrar mucha más gente de la que salía. Daba la impresión de que acabarían sepultados allí mismo, bajo una masa de incomodidad, mal humor y cobarde pasividad.
-Leril, tenemos que movernos -dijo Daaf, tratando de romper la parálisis de terror de su amiga-. No podemos dejar que la atmósfera de esta gente nos domine. Es lo que ocurre cuando uno renuncia a sí mismo. Por lo visto en esta región es más común de lo que me esperaba... -Daaf miró a su alrededor- Hay que atravesar dos refugios más. Cuando entramos en el de Sinax grabé el nombre de Lascor en la llave. Vamos, lo encontraremos pronto.
Daaf y Leril se pusieron en marcha. Se movían entre el barullo atentos a la reacción del bastón que llevaban, que les indicaría cuál portal debían atravesar. Fueron acercándose a cada uno, hasta que al final, cerca del último portal situado al otro extremo de la sala, el bastón vibró.
-¡Bien! Por fin lo encontramos -exclamo Daaf, tratando de dar ánimos a su compañera, que parecía completamente desolada-. Mira, tenemos suerte, en éste no hay mucha gente esperando. No tendremos que armar un espectáculo para pasar.
Pero eso sólo era lo que él pensaba. Cuando les tocó, un hombre sentado en un escritorio raquítico junto a la pared los detuvo.
-Sus pases, por favor -les pidió con la voz cansada.
-No tenemos. Sólo estamos de paso. Queremos ir a Lascor -respondió Daaf con el tono más neutral que pudo conseguir.
-No necesito que me cuenten su vida. Si no tienen pases, no pasan. El nombre no es por capricho.
-No, verá, si nos deja...
-Por favor -les interrumpió el hombre, alzando la voz-, llevo aquí nueve horas y les aseguro que tengo menos ganas que nadie de seguir aquí, pero si no me aseguro de que tienen los papeles en regla la bronca va para mí, y no quiero acabar el día peor de lo que va. De modo que si quieren un pase salgan por la puerta y vayan al edificio de administración de trasporte, lo pueden encontrar ahí -les señaló un gran mapa gastado cerca de la salida-. Allí podrán rellenar un formulario para solicitar que se lo expediten, pero tarda un par de días. Hasta entonces, siguiente.
El hombre bajó la vista de nuevo al escritorio para continuar con su trabajo, pero entonces...
¡CLANG!
La paciencia de Leril se había vuelto a agotar. De repente le había arrebatado el bastón a Daaf y había dado un sonoro golpe con él en el suelo, provocando un destello blanco que aturdió a toda la gente que los rodeaba.
-No necesitamos que nos cuentes tu patética vida -le dijo con la voz temblando de ira-. Y ahora escucha. Somos magos y estamos de paso, y eso quiere decir que vamos a salir por ese portal, con pase o sin él -Leril se acercó más al hombre, clavando su mirada en la de él-. La diferencia está en que si no colaboras echaré este maldito sitio abajo antes de irme, y me dará igual porque aquí ninguno merecéis la pena, hacinados como cucarachas infectas, pretendiendo que os dé igual todo al tiempo que asesináis vuestra consciencia con miradas cobardes y excusas de borrego. Así que si todavía valoras mínimamente tu diminuta existencia, ¡entonces abre de una vez el jodido portal!
Ese último "-tal" resonó por toda la sala con un eco distante. Todo el jaleo se había acallado de repente, en una parálisis colectiva que otorgó algo de calma a los dos magos. El hombre tras el escritorio, con un rictus de pavor, se apresuró a abrir el portal para dejarlos pasar. Leril le devolvió el bastón a Daaf y entró sin mediar palabra.
-Gracias, que tenga un buen día -le espetó Daaf  al tipo justo antes de desaparecer también.  
Sin embargo, en el canal hacia el siguiente refugio tampoco se libraron del tumulto. Los pasajes, a pesar de haber sido ensanchados y empobrecidos de la misma manera que la gran sala, no albergaban suficiente espacio como para dejar pasar con comodidad a la gran cantidad de personas que por allí se movían.
-Daaf, no podemos seguir a este paso -dijo Leril con impaciencia después de un rato avanzando con lentitud junto a los demás-. Esta gente no sabe deslizarse, se limitan a caminar como lo harían fuera.
-Tienes razón, esto nos está retrasando más de lo planeado. Tiene que existir alguna manera de saltarse a toda esta gente. Dudo incluso que pudiéramos deslizarnos por aquí en este estado... -Daaf pateó con desdén el suelo, que en contraste con el del anterior canal era terroso y llenaba los pies de polvo.
-Yo me conozco un atajo, no sé si seguirá abierto con lo mal que han dejado esto, pero si está deberíamos encontrarlo por ahí.
Las reformas habían dejado el canal como si se tratase de una ciudad de edificios cuadrados y oscuros con grandes avenidas, en la cual ahora Daaf y Leril se encontraban atravesando uno de los cruces que había justo al borde. Leril señalaba a la izquierda, donde la avenida parecía perderse en la negrura.
-De acuerdo, vamos -aprobó Daaf, harto también de la muchedumbre. Los dos amigos se abrieron paso como pudieron hasta encontrarse fuera de aquella comitiva interminable. Respiraron un momento y empezaron a adentrarse poco a poco en las sombras, buscando algo en la pared derecha. Leril palpaba y daba golpecitos con gran cuidado, hasta que de pronto reaccionó ante un sonido hueco.
-¡Es aquí! Déjame el bastón -dijo Leril emocionada. Ésta lo tomó de las manos de Daaf y dio un golpe con la parte de abajo del mismo, que desmoronó parte de la pared y reveló un pasadizo oculto, dejando escapar una gélida corriente de aire.
-Necesitaremos luz -dijo, asomándose a una oscuridad fría e impenetrable.
-Yo me encargo -respondió Daaf-. Todavía me queda algo de esencia de estrella... voy a realizar un entrelazado.
El mago se sacó de los ropajes una pequeña botellita que contenía unas gotas de un líquido amarillento semitransparente. A unos quince metros, en el canal, se seguía oyendo el murmullo del gentío trasladándose de forma lenta y compacta. Daaf se untó las manos con el ungüento, entró en el pasadizo oscuro y, con las manos alzadas, pronunció unas runas con energía y decisión. Mientras lo hacía, unos finísimos filamentos de luz amarillenta aparecieron cerca del techo y se extendieron en todas direcciones, cruzándose y formando una maraña homogénea que iluminó todo el lugar. Cuando terminó el conjuro, podía verse cómo habían entrado en una caverna enorme en la que la luz filamentosa siguió penetrando para revelar el camino a seguir.
-Vamos -apremió a Leril-, no nos queda mucho tiempo, y nos podemos congelar si nos entretenemos mucho aquí dentro.
Leril echó una última mirada asqueada a la gente que seguía su camino y se introdujo con Daaf en la caverna. Pero cuando dieron dos pasos, Leril se detuvo.
-Espera... mejor tapo otra vez el agujero, ¿no? por precaución...
Daaf se apoyó en una pierna y se llevó una mano a la barbilla.
-Bueno, teniendo en cuenta que estamos en un rincón abandonado en una brecha espacio-temporal, perdida en la oscuridad, y que además esta brecha ha sido modificada para que resulte toda igual y que la transitan miles de personas en este mismo momento... Creo que podemos pasar esta vez de precauciones -dijo, sonriendo a su compañera. Ésta le devolvió la sonrisa y emprendieron el camino algo más animados por aquel extraño momento de complicidad.
Sin embargo, debido a la prisa que tenían y el cansancio que ya se les empezaba a acumular, el resto del camino transcurrió en silencio. Parecía que había pasado una eternidad desde que dejaron la taberna de Mataescamas ese mismo mediodía. Sus pasos torpes en la roca irregular se alargaban con la reverberación de la caverna, iluminada por el entrelazado estelar que se extendía por encima de ellos. Al cabo su respiración formaba nubes de vaho y empezaron a tiritar.
-Creo que deberíamos parar y encender un fuego -dijo Leril, aflojando el paso completamente arrugada-. Si no, nos podemos morir aquí de frío.
-La verdad es que es cierto -convino Daaf, deteniéndose también-. No entiendo este cambio tan brusco de temperatura... ¿tendrá que ver con la reforma que han hecho?
-Sin duda -respondió Leril, sentándose y buscando en su zurrón útiles para encender una hoguera-. Cuando sellaron este lugar, debieron aplicarle algún conjuro de ocultamiento. El conjuro extrajo energía del lugar para mantenerse, y por eso habrá hecho cada vez más frío aquí dentro. Eventualmente se vendrá abajo, así que hemos tenido suerte.
-Ya, supongo que todo el aire se desublimará en bloque antes de eso -dijo Daaf, acercándose a Leril-. Cuando terminemos con esto podría volver y deshacer el conjuro... los atajos siempre vienen bien.
Daaf invocó unas llamas entre sus dedos y las unió a una esfera de cristal que flotaba a unos centímetros sobre un pequeño soporte que había colocado Leril. El fuego se intensificó y se convirtió en una alegre y crepitante fogata que alivió sus agarrotados cuerpos. Leril se pegó a Daaf para mantener el calor corporal y así se quedaron, sentados en el suelo y apoyados uno en el otro, durante un buen rato.
-Por cierto -dijo Leril de pronto-, ¿cómo hiciste lo de la puerta de Sinax? Me quedé totalmente pasmada, y no he podido preguntarte antes cómo...
-Una ilusión de ojos de espalda -contestó emocionado Daaf-, metida en un cúmulo de bajo poder igual que escondimos tu hechizo. Lo monté en un sistema de fuentes de brisa y lo coloqué justo donde estabas con los centinelas. Lo tuve que preparar a toda prisa porque te cazaron muy rápido. Cuando activaste la palabra de poder, también revelaste la ilusión, y como estaban dando vueltas en el aire, no se dieron cuenta.
-¿Y no me lo pudiste explicar de esa manera antes...? -quiso saber Leril sin alterarse.
-Pensé que quedaría más convincente todo si echabas a correr dudando, sin saber por qué. Confundió más a los guardias. Si hubieras ido con seguridad, quizá habrían sospechado de una treta así y nos habrían perseguido antes.
-Siempre lo tienes todo planeado...
-Hay que asegurarse de que salen las cosas, ya sabes -contestó Daaf, con la voz cada vez más apacible. Los dos se quedaron quietos y callados junto al fuego, disfrutando aquel momento de calma en mitad de ninguna parte. 
-Por cierto, vaya lío lo de Midstae, ¿eh? -dijo Leril después de un rato- ¿Quién querría hacer eso con los refugios? Los ha convertido en cualquier cosa menos en eso, en un refugio.
-Se trata de un mago, eso está claro -contestó Daaf alegremente-. Y uno no muy listo. La actividad de los refugios no la regula el Ilustre Magna y puede haber un buen revuelo si lo cazan. Seguramente por fuera habrán puesto un edificio hueco y en las puertas le habrán colocado los portales, en un burdo intento de hacerlo pasar como  una construcción más.
-Pero si unta bien a los controles locales...
-Con la de gemas que se estará embolsando...
-Estará bien tranquilo, el tío...
-Hasta que el refugio colapse por forzar el punto tanto tiempo...
-Y le estallará el negocio en las narices...
-Literal.
-Oh, vaya.
Ambos amigos rieron con ganas. Leril, que disfrutaba especialmente imaginando cómo los errores de los demás les pasaban factura, sonrió con satisfacción mirando al techo. De alguna manera, sentía como si se estuviera vengando del mal rato que habían tenido que pasar antes.
-Bueno, ¿continuamos? -invitó Leril.
-Vamos. Tiene que quedar poco ya -le contestó Daaf. Al igual que su amiga, se encontraba mucho más animado después del descanso y la charla junto al fuego.
-Creo que voy a dejar aquí el fuego -dijo Leril pensativa.
-¿Estás segura? No te quedan más lágrimas de fuego, y esa es buena, y son difíciles de conseguir.
-El fuego es un aporte de energía. De esta manera el colapso de este atajo se retrasará más todavía y tendrás más tiempo para venir a quitar el conjuro -contestó Leril con perspicacia-. Después, sólo tienes que coger la lágrima y devolvérmela.
-Desde luego, aunque a veces seas una pesada, la verdad es que sueles ser brillante, Leril -dijo Daaf con admiración. Leril le contestó con una sonrisa radiante.
Una salva de dardos brillantes los acribilló. En medio de la sorpresa y la confusión, y tratando de defenderse como pudo, Daaf cayó al suelo, intentando resguardarse tras las rocas. Una vez acabó el ataque, buscó a su compañera, que seguía en el mismo lugar, de pie, mirándose la mano ensangrentada con la que había descubierto una gran herida en su abdomen.
-Daaf... -suspiró con un hilo de voz. Daaf quiso levantarse para resguardarla con él y tratar de sanar su herida.
Una segunda salva de dardos volvió a golpearles. Agachado en su sitio, antes de que hubiera podido moverse, Daaf vio claramente como uno de los dardos atravesaba el cuello de Leril de parte a parte, mientras los ojos de ésta continuaban clavados en los de Daaf. Durante un segundo que se antojó interminable, el mago observó cómo su amiga caía sobre sus rodillas, con una lágrima solitaria resbalando por su mejilla. Entonces el brillo de su mirada se vidrió y se perdió, y finalmente la hechicera se desplomó, ya como un cuerpo muerto.
Daaf se quedó contemplando aquel cadáver que sólo diez segundos antes le había parecido una persona brillante y maravillosa. Los dardos dejaron de caer, y de repente el brazo derecho le ardió, tanto que tuvo que reprimir un grito de dolor para no revelar que seguía vivo. Con la cara llena de gotitas de sudor, se asomó para saber qué o quién les había perseguido y atacado. Bajo la luz pálida de su hechizo de luz, pudo distinguir cinco figuras encapuchadas, cubiertas con el mismo tipo de manta rugosa que distinguió en el acantilado, cuando los atacaron por primera vez días atrás. Se encontraba en clara desventaja. La única manera de salir de allí era la maniobra de siempre, distraer y correr. Sin embargo, dado que se trataba de cinco bastardos que le acababan de arrebatar a la persona más importante con la que había contado jamás, realizaría la distracción a lo grande, la más grande de las que habría realizado hasta la fecha...
De lo más profundo de sus ropajes extrajo un pequeño artefacto con la forma de un disco que tenía una curiosa figura inscrita. Comenzó a recitar runas con una voz gutural muy grave, manteniendo el disco entre las dos manos muy cerca de su boca. Sus atacantes se acercaban más y más, dispuestos a confirmar su trabajo, pero antes de que pudieran acercarse demasiado, Daaf lanzó el disco hacia ellos desde detrás de la roca. Hubo una explosión y una enorme calavera de dragón surgió del disco y se enfrentó a los atacantes. La calavera lanzó un rugido ensordecedor, pero Daaf siguió esperando. Las figuras encapuchadas estaban algo aturdidas, y cuando ya se disponían a contrarrestar aquella aparición, ésta escupió una gran llamarada que llenó la caverna y pareció arrasarlo todo. Ese fue el momento crítico, y Daaf salió de detrás de su roca, agarró la lágrima de fuego de Leril y echó a correr todo lo rápido que pudo. Cuando todavía sentía el calor de las llamas draconianas, echó un último vistazo atrás, antes de precipitarse al frío gélido de la caverna, dejando atrás a sus atacantes, a su amiga muerta, y su dicha. 

sábado, 9 de julio de 2016

La jugarreta de Daaf. Séptima Parte.

Leril ya había ido ya otras veces al bosque del sur. Lo tenía por un lugar conocido y manejable, y era por esto que se sentía francamente idiota permitiendo que la acompañaran, sobre todo tratándose de los, cuanto menos, curiosos personajes que vivían en la capilla destinada al estudio del bosque. Tanto quien le abrió como el compañero que le presentó después ofrecían un aire francamente descuidado, greñudos, ropajes lacios y holgados, y una sempiterna expresión de ensimismamiento dibujada en sus caras. Hablaban con un acento extraño, evidenciando que su lengua materna no era la misma que la de Leril. Marchaban por delante de ella, caminando  por el frondoso lecho del bosque con total desgarbo, como si aún no hubieran salido de su propio hábitat en la capilla. Y sin embargo, le daban una extraña sensación a la hechicera, como de tener una certeza absoluta sobre adónde se dirigían.
Decididamente incómoda, se dispuso a pasar por encima del silencio de sus guías una vez más desde que hubieron penetrado en la espesura.
-Oíd, sé que queréis ser amables y todo eso, pero os aseguro por decimonovena vez que sé cuidar de mí misma. No es la primera vez que vengo, ¿sabéis? -les comentó resoplando.
-No es amabilidad, -le replicó el individuo que le había abierto la puerta- sino ganas de que no mueras. No es que nos importe -añadió volviéndose para mirarla- pero si dejamos que entre la gente con alegría y salga muerta, o no salga, no nos dejarán seguir estudiando el bosque. Y eso sí nos importa.
Mientras le hablaba, sin dejar de mirarla, movió la mano, como para apartar algo de su camino, y un segundo después Leril recibió un guantazo en la cara.
-Y cuidado con las ramas invisibles -le dijo el compañero en tono de burla.
Leril se estaba cansando de tanta condescendencia. No había dejado de poner los ojos en blanco desde que hubieron entrado.
-No soy tan ignorante como pensáis. Sé que el bosque va cambiando de aspecto de forma aleatoria para despistar a quienes se adentran. Y sé también que tiene varias zonas diferenciables, y que ahora mismo estamos en la Zona de Paso...
El que le había abierto se dio la vuelta de pronto y la cortó en seco.
-Uno, no cambia de forma aleatoria. Existen patrones en el flujo según la zona en la que te encuentres. Dos, hace tiempo que abandonamos la Zona de Paso, estamos caminando por el límite de la Zona de Resuellos, que es el único camino seguro para llegar al corazón del bosque. El frente que se forma aquí entre dos corrientes de energía dispares hace de este lugar en concreto bastante inocuo, por lo que de momento sólo tendrás que preocuparte por las ramas invisibles, pero te recomiendo que permanezcas alerta, no tenemos costumbre de ir avisando cada sitio por el que pasamos, como si fuéramos simples guías turísticos -le espetó de pronto. Su semblante se había tornado serio y autoritario, al igual que el de su compañero.
Leril trató de replicar, pero el compañero la volvió a interrumpir.
-Nos has pedido los árboles de sombra, y te llevamos a los árboles de sombra, pero nada más. Todo lo que te ocurra durante el camino es cosa tuya, nosotros solamente nos aseguramos de que lo tengas fácil para no morir.
-Así que por favor...
-... trata...
-... de no...
-... seguir...
-... distrayendo...
-... nuestra...
-¡¡marcha!!
La última palabra la pronunciaron ambos guías, provocando que Leril diese un respingo. Con el mismo silencio autoritario, se dieron la vuelta a la vez y continuaron el camino.
-¡Vamos! -le ordenó el de la puerta.
Leril reaccionó poco a poco mientras los veía alejarse. Y de repente se sintió desprotegida ante la maleza que la rodeaba. Se apresuró a volver junto a los exploradores, sintiendo una mezcla de aturdimiento y rabia por haberse puesto en ridículo de aquella manera.
La travesía continuó durante las siguientes horas sin más incidentes, con el frufrú de la maleza rozando tobillos y pantorrillas y el susurro del viento en las hojas. Daba la impresión de haber pasado suficiente tiempo como para que hubiera empezado a oscurecer, pero por algún motivo la luz seguía teniendo la intensidad del mediodía. Leril estaba acostumbrada a estas horas anormales, ya que sabía que las fluctuaciones de la energía excesiva que conservaba aquel lugar hacían que la sensación temporal se distorsionara, haciendo que algunas veces pareciese estancarse para luego avanzar a saltos, o incluso retroceder si parecía que el salto había sido muy grande. Por eso no contaba con detenerse para comer o cosas por el estilo, y así cuando tenía hambre se limitaba a sacar alguna vianda que mantenía guardada en su zurrón. En el momento en el que el sol de pronto pareció decidir avanzar por el cielo hacia la izquierda hasta casi ponerse, para después elevarse un poco, se encontraban atravesando una sección especialmente frondosa. De pronto, ambos guías se detuvieron en seco y empezaron a escudriñar a su alrededor, como si trataran de distinguir algo más allá de toda la vegetación que los rodeaba. Y aunque Leril se había propuesto hablar con ellos lo mínimo, no pudo reprimir preguntarles.
-¿Qué ocurre? Ya debemos de encontrarnos cerca, ¿no?
Para su sorpresa, le admitieron la suposición con un movimiento afirmativo de la cabeza.
-En efecto, el corazón del bosque se encuentra cerca -le contestó uno de ellos con voz cautelosa-. Pero por eso ahora mismo debemos tener mucho más cuidado. Vigila muy bien dónde pisas y mantente alerta para cualquier cosa.
Leril, que con Daaf ya estaba prevenida de que los hombres nunca le hablasen claro cuando había peligro, trató de agudizar su percepción al máximo al tiempo que recopilaba todo aquello que sabía del bosque, para adivinar por su cuenta la razón de aquella repentina advertencia. Caminaba con los brazos a media altura y las manos extendidas, arrastrando cada pie y asegurando el irregular terreno antes de dar un paso, y mirando a todos lados, concentrándose como nunca lo había hecho. Podía sentir el peligro flotando en el ambiente, un peligro distinto a cualquier cosa que hubiera visto antes en el bosque, pero no lograba descifrar qué era exactamente. Poco a poco los tres viajeros se fueron juntando. Leril trataba de rozar lo mínimo cada planta y cada árbol al lado de los cuales pasaba. Miró hacia adelante, donde estaba el compañero  que le había hablado, caminando con la misma cautela. Distinguió un reflejo extraño, y de pronto, al comprender qué era, echó todo su cuerpo hacia delante, pinzó sus piernas en un arbusto especialmente grueso y agarró por el brazo al hombre...
Nymeau dirigió su mirada temblorosamente hacia abajo. Se hallaba suspendido en el vacío, únicamente asegurado por la chica que los acompañaba, que estaba tumbada justo al borde del precipicio y lo mantenía agarrado por el hombro, de una manera en la que fácilmente se podría dislocar. Miró hacia su izquierda. Xelà lo miraba con horror mientras una de sus piernas también se balanceaba aún sobre el infinito. El bosque parecía continuar hacia abajo, como un abismo sin fondo en cuya pared hubieran crecido numerosos árboles y arbustos. Leril tiró de él encogiendo las piernas al tiempo que Xelà se tiraba hacia atrás, tratando de alejarse del borde. Una vez los tres se encontraron a salvo en el suelo, miraron hacia adelante. Unos treinta metros más allá, el bosque continuaba de nuevo en horizontal, con un aspecto mucho más salvaje y descuidado que donde estaban, formando en medio una especie de cañón cuyo fondo se perdía en la negrura, así como sus extremos a izquierda y derecha en la lejana niebla.
-Bueno -dijo Leril levantándose-, ahí tenemos el corazón del bosque. Supongo que ahora me diréis cómo cruzar hacia allá, ¿no?
-No -contestó Xelà impasible.
Leril le lanzó una mirada furibunda engarzada en una expresión de profunda indignación. Después de salvarles la vida, no esperaba que fuesen capaces de ser tan desagradecidos, pero se contuvo y recuperó la compostura, decidida a no contestar a aquello.
-Muy bien, pues me las tendré que arreglar, supongo -dijo resuelta, avanzando hacia el borde del acantilado.
-Nosotros no lo sabemos -gruñó Nymeau con dificultad al levantarse-. La frontera con el corazón es cambiante. No es igual cada vez que se intenta cruzar. Te podríamos ayudar a averiguar cómo se cruza, pero no si te pones así...
Leril no quiso admitir más impertinencias. Se dio la vuelta, realizó tres sellos seguidos con las manos y las echó a la tierra, de la que al instante surgieron una miríada de raíces nudosas que se enroscaron en los cuerpos de los dos guías, atrapándolos con fuerza. Todo ocurrió tan rápido que apenas les dio tiempo de sorprenderse por encontrarse atrapados de repente. Leril se empezó a acercar tranquilamente a ellos hasta que estuvo a dos palmos de Nymeau, al cual miró directamente a los ojos mientras le espetaba con voz suave y firme:
-Te acabo de salvar la vida. Si no fuera porque reaccioné de la manera correcta vuestros cadáveres seguirían cayendo y dándose contra los troncos de ese cañón sin parar. Admito que al principio os pude resultar un poco molesta, pero es mi carácter y es el mismo para todo el mundo. Y ahora la línea la habéis pasado vosotros. Y mi línea, como veis, no se puede cruzar tan fácilmente -dijo, mientras apoyaba una mano en las raíces, que como respuesta empezaron a apretar más el cuerpo de Nymeau-. De modo que sería estupendo escuchar una disculpa y después dejar de haceros los capullos. Conozco a un verdadero capullo, y no tenéis ni idea de cómo es. ¿Entonces?
Leril se colocó la mano en la oreja en señal de esperar algún tipo de respuesta, la cual, en principio, estuvo compuesta solamente por forcejeos y respiraciones agitadas. Sin embargo, segundos después Xelà le dijo algo en una lengua extranjera a su compañero, quien sin poder apartar la mirada de Leril, lanzó un penoso "lo siento" con el poco aire que le quedaba en los pulmones. Leril aflojó las raíces de inmediato, y con un sello más las devolvió bajo tierra.
-De acuerdo -dijo con una sonrisa de oreja a oreja-, vamos a sentarnos a pensar -y como si no hubiera ocurrido el menor percance entre ellos y se tratase de una divertida excursión, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y les invitó a acompañarla.
En el rincón más oscuro que pudo encontrar de la taberna más famosa y concurrida de la Grieta, Daaf, cubierto con su habitual túnica con capucha, se limitaba a esperar a su compañera mientras repasaba algunos apuntes que llevaba consigo. Levantó la vista hacia el techo y empezó a relatar en susurros a un inexistente interlocutor.
-Los demonios son criaturas extraplanarias, y por tanto poseen su propio campo de energía, que es distinto al de nuestro plano, y lo usan para emplear su poder. Se trata de criaturas mágicamente independientes, y para permanecer en un campo de energía dispar usan un tipo de magia muy parecido a la de los portales, manteniendo un equilibrio de fuerzas estable entre los distintos tipos de flujo. Una alteración en ese flujo provoca un rechazo inmediato por parte del campo del plano, lo que resulta en la expulsión o exorcización del demonio en sí -bajó la vista y comenzó a elucubrar para sí mismo-. Sin embargo, si se consigue controlar esa alteración y se combina con otro tipo de...
-¡Eh! ¿Vas a pedir algo o te tengo que echar? -gritó el tabernero por encima del gentío.
Daaf resopló de impaciencia.
-Una cerveza.
El tabernero se la sirvió con la sospecha dibujada en el rostro, pero cambió su parecer en cuanto vio las relucientes monedas que dejó caer su cliente sobre la mesa. Éste se dispuso a volver a su repaso cuando la puerta de la taberna se abrió de golpe y se tuvo que interrumpir de nuevo. Miró, cansado de no poder centrarse y se encontró de bruces con  Leril, que le puso delante de las narices un extraño pedrusco redondo.
-Aquí está, pero por favor, empieza a contarme de qué va todo esto porque no he tenido un día fácil y necesito saber en qué me has metido.
Daaf la observó de arriba a abajo. Leril estaba claramente molesta, presentaba rasguños en los brazos y sus ropajes estaban descuidados, sucios y un poco rotos.
-De acuerdo. Pídete algo, bebe conmigo y consigue una habitación para quedarte esta noche. Te lo contaré todo entonces, en privado.